¡Madre!

Crítica de Facundo Franco - CineFreaks

El amor nunca muere

Luego de tres años sin dirigir, Darren Aronofsky (Réquiem por un Sueño, El Cisne Negro) vuelve a la pantalla grande con un thriller psicológico que presenta las actuaciones protagónicas de Jannifer Lawrence, Javier Bardem, Ed Harris y Michelle Pfeiffer.

En el medio del campo hay una casa. Una casa de madera, vieja, grande, que oculta más de lo que muestra. En ella vive una pareja. Él, hombre de mediana edad, culto y resuelto dedica su vida a la escritura y ella, bastante más joven, solo tiene ojos para él y para hacerlo feliz por eso el inicio de la historia la encuentra remodelando la mencionada casa que, más tarde sabremos, tiene un gran valor sentimental para él. Y en ese contexto, el conflicto aparece. Resulta que un buen día, un conocido del señor escritor se presenta de improviso alterando la rutina y los nervios de su mujer. Porque sus actitudes son extrañas, porque desoye las sugerencias que ella le hace y porque parece que piensa quedarse a pasar unos días a pesar de ser prácticamente un desconocido. Después aparece su mujer y hasta sus hijos, todos con el mismo abuso de confianza que empieza a minar lentamente la tranquilidad que esta pareja había sabido construir.

Lo que tenemos es una atmósfera opresiva, asfixiante que sirve de telón de fondo para una historia que no se molesta en hacer demasiadas presentaciones sino que le propone al espectador descubrir lo que tiene que saber partiendo del inicio del relato y de ahí para adelante, sin demasiado contexto previo ni nada que le permita presagiar lo que vendrá. Esto, sumado al ambiente de incertidumbre que rodea a los personajes sienta las bases de una historia que genera tanto misterio como incomodidad en todo momento, sensaciones que nunca dejarán de ganar en intensidad hasta ese punto de explosión que parece acecharnos con su inevitable llegada desde el minuto cero.

Por lo dicho, queda claro que la mano de Aronofsky dice presente en todo momento dada la importancia que ese clima de hermetismo a presión tiene para la historia. Esto lo logra con una muy buena dirección de actores, prescindiendo prácticamente de cualquier tipo de música y con muchos planos medios de la protagonista, el personaje de Jennifer Lawrence, mientras esta recorre su casa en una caminata frenética e incesante intentando encontrarle sentido a la situación que se encuentra viviendo. No está de más decir, en este sentido, que la labor de Lawrence es tan buena como fundamental para sustentar el relato. Su personaje es el de un ama de casa joven, devota y hasta sumisa por lo que su evolución dramática experimenta un arco muy pronunciado conforme avanza la acción y, tanto en un extremo como en el otro, Jennifer Lawrence está a la altura. Lo mismo cabe para Javier Bardem en su rol de coprotagonista y para Ed Harris y Michelle Pfeiffer, quienes aportan y mucho en eso de darle argumentos a la protagonista para perder su paciencia estilo zen.

Una película que aparenta ser de lo más simple y mundana toma un cariz inquietante y hasta sobrenatural gracias a un director tan particular como es Aronofsky, que acá también es guionista, para terminar con una reflexión final muy bien trabajada y de profunda reflexión sobre el último tema en el que uno podría estar pensando mientras la ve, como es el amor.