Lulu

Crítica de Leandro Arteaga - Rosario 12

El amor, los huesos y una bala

Ailín Salas y Nahuel Pérez Biscayart encarnan a dos jóvenes marginales que viven en una casilla al borde de una avenida de Buenos Aires, ciudad en la que comparten amores y temores, en una película imprevista y encantadora.

Filmar al borde y desde el borde. Así de límite es el cine de Luis Ortega, y de modo puntual en Lulú. Dupla protagónica, de amores y temores replicados: Ludmila (Ailín Salas) y Lucas (Nahuel Pérez Biscayart) viven al margen pero en el medio de todos. Cultivan amistades que están escondidas, si bien a la vista. El cariño que se profesan, turbio, anida como una bala en el corazón. Literalmente.

No hace falta estar explicando quiénes son, de dónde vienen y demás. Ellos están juntos, o más o menos. Lucas gusta de disparar su arma, imprevistamente, sin muertes; ella mira por televisión una película de cangaceiros. La caseta que habitan es un cubículo a la vera de una avenida concurrida de Buenos Aires. Cuando Ludmila sale a pedir monedas con el "Muerto" (Miguel Angel Castillo) y se cruza entre los automóviles, varios la asisten.

Esos momentos son extraordinarios, porque Ortega captura la espontaneidad, la vuelve parte del film. Es más, pareciera estar a la pesca de tales eventualidades, para que el esfuerzo, por fin, cumpla su cometido: despertar un costado ciudadano aletargado, dormido en su habitualidad, sorprendido por el bebé abandonado en una esquina. A propósito: cuando el policía le dé al bebé su arma como juguete, Lulú exhibe un desparpajo demencial, sólo alcanzado por Curly durante uno de los episodios de Los tres chiflados. La diferencia, si es tal, es que este policía quita las balas por seguridad, y delante del mismo bebito.

Ludmila, por su parte, continúa en la silla de ruedas, aunque ya no la necesita. Tiene que andar con cuidado, la bala que tiene adentro podría desplazarse. Es con ella con quien un capítulo se abre hacia atrás. Que explica algo para, finalmente, decidir por el después.

En todo caso, Ludmila se debate sobre volver a casa y revestirse de esas capas de las que supo librarse, hasta tocar el blanco del hueso: el que se ve en la radiografía del inicio, con la bala; el que asoma en los restos de las carnicerías por los que se pasea el camionero (interpretado por Daniel Melingo) amigo de Lucas. También el que queda tras la comilona en plena plaza, con los niños, cortesía de esta otra niña grande, Ludmila, que sueña con ser madre.

Imprevista y encantadora, Lulú (o Lu-Lu) lleva de la nariz al espectador, lo arroja entre la poca carne y le tritura con los restos de huesos. Lo llena de "alboroto", de "bochinche"; tal el diálogo entre Melingo y Biscayart. Con el hedor --para el caso, hay un pañal sucio que golpea-- de una fuerza poética confiada en su intuición. Una imprevisibilidad que se disfruta, que se celebra, en un cineasta que filma lo que siente.