Llámame por tu nombre

Crítica de Melody San Luis - Fancinema

AMORES QUE ARRASAN

Ya es difícil ser joven y asomarse a los primeros amores, mucho más si la atracción es hacia una persona del mismo sexo en los ochenta. El silencio es el sonido de las palabras cuando hablar está prohibido. Pero como dice Alejandra Pizarnik “no/las palabras/ no hacen el amor/hacen la ausencia”. Por esta razón, en Llámame por tu nombre todo lo que podría explicarse en diálogos está explotado en acciones que van mucho más allá de lo carnal.

Elio y Oliver -citando a Oliverio Girondo- “se miran, se presienten, se desean” por cincuenta y cinco minutos. No hay contacto físico entre ellos durante la primera hora del film. Sin embargo, el erotismo y la seducción están presentes desde el comienzo. La belleza de las imágenes y un guión con pequeños momentos significativos hacen posible que dos pies rozándose hagan el amor.

El joven Elio, un pequeño intelectual, es -como él dice- un sabio de muchas cosas pero desconoce “lo más importante”: el amor. Oliver, con unos años más, lo hará incursionar en sus primeros encuentros amorosos. En conjunto, aparecerá también una muchacha que le servirá a Elio para refirmar su elección sexual.

El verano caluroso de Italia es parte de la atmósfera que envuelve a Oliver y a Elio. Dadas las altas temperaturas los protagonistas visten poca ropa. Esto hace posible que se genere una sensualidad dada por los torsos desnudos y los cuerpos mojados. El amor es explorado en Llámame por tu nombre desde diferentes aristas, logrando de esta forma una sensación genuina de lo movilizador que es este sentimiento. Se ama con todo el cuerpo, como en aquel poema de Oliverio Girondo. Elio oliendo la ropa interior de Oliver es el ejemplo perfecto para hablar del deseo y la imaginación frondosa que es estimulada por la atracción hacia otra persona.

Pero la forma poética de la construcción de la película no sólo es para hablar del amor, sino que también funciona como denuncia a la sociedad en que vivimos. Llámame por tu nombre es un juego que aquellos muchachos llevan a cabo. Pero esta frase puede funcionar como un juego de palabras que refiere a llamar las cosas por su nombre. Sólo entre ellos podían sentir la confianza de mostrar su sexualidad, porque su entorno no se los permitiría por una falta de respeto a la moral de la época. Su amor era sólo posible nombrarlo entre ellos, por miedo a no ser aceptados. Elio se enfrenta así, ese verano, a empezar a transitar sus primeros amores bajo los límites sociales impuestos. Y como si fuera un cachetazo a los prejuicios, la película mostrará cómo el amor arrasa sin importar los límites dados.