Little Joe: el negocio de la felicidad

Crítica de Gustavo Castagna - A Sala Llena

¿EL PRECIO DE LA FELICIDAD?

Quienes deseen sumergirse en el témpano estético y temático que transmiten las imágenes de Little Joe: el negocio de la felicidad serán más que bienvenidos. Por su parte, aquellos que no resistan la gelidez de puesta escena, las actuaciones dignas de un congreso de esquimales y el diseño de producción invadiendo cada plano, en contrapartida, abandonarán la propuesta a los pocos minutos.

La nueva película de la directora austríaca Jessica Hausner (Amour fou; Lourdes), la primera en inglés, ancla su interés en un grupo de especialistas que desarrolla un planta para inculcarle felicidad a la gente. En medio de experimentos y pruebas varias y un arsenal de guardapolvos médicos, el inicio describe un cuadro de situación, la planificación previa a dar luz a un experimento que tendrá derivaciones insospechadas.

Hausner presenta a Alicia (Emily Beecham), responsable de la creación de la planta, y a su hijo Joe (Kit Connor), algo nerd el muchacho, y a un tercer personaje, el inquieto (dentro la estética freezer que impera en el film), Chris (Ben Whishaw), quien trabaja en la oficina-laboratorio y está enamorado de la doctora separada de su esposo. Algunas cuestiones extrañas comienzan a suceder y a ocurrirles a algunos personajes debido a que huelen el polen de la susodicha plantita: modificación de comportamientos, un perrito medio alterado, preguntas sin responder, planteos en la oficina laboral repleta de especialistas y Alicia como centro operativo del relato sospechando que algo hizo mal y que ella es la responsable. Para colmo, la planta (que no es carnívora, aclaro) ahora está en su casa y Joe anda por ahí y el joven también se sentirá atraído por la novedad.

Es innegable que Little Joe: el precio de la felicidad escarba en clásicos de los viejos tiempos adheridos a la ciencia ficción paranoica o no (Usurpadores de cuerpos y El pueblo de los malditos y sus correspondientes remakes a cargo de Philip Kaufman, John Carpenter y Abel Ferrara) transmitiendo esa bienvenida incomodidad de que algo extraño ocurre en determinados ambientes legitimados y reglamentados por la sociedad. En contraste a esas invocaciones cinéfilas, la puesta en escena remite a la gelidez expositiva de los títulos más extremos (Alps; Kinetta; Canino) del cineasta griego Yorgos Lanthimos. En esa combinación de cita cinéfila y puesta al día de un cineasta prestigioso como es el responsable de Langosta y El sacrificio del ciervo sagrado, la propuesta de Jessica Hausner pierde interés o, todo caso, resuelve su trama a través de la imposición del diseño de producción y de la construcción de ambientes (el laboratorio, la casa de Alicia y Joe) que transmiten poco y nada al espectador.

En Little Joe: el precio de la felicidad el envoltorio visual prevalece por encima de la puesta en escena. Y desde ahí la película se convierte en una visita inestable por un frigorífico de primer nivel. Y solo eso que es bastante poco.