Lightyear

Crítica de Rodrigo Seijas - Funcinema

CUANDO LO ESPACIAL TAMBIÉN ES TEMPORAL

Es fácil analizar a Lightyear desde la premisa de que es un film menor dentro de la potente filmografía de Pixar. Lo es también porque algo de cierto hay en esa afirmación. Sin embargo, la película de Angus MacLane posee unas cuantas capas de sentido que van bastante más allá de su carácter de spinoff de Toy Story y su reenfoque sobre ese personaje genial que es Buzz Lightyear.

El arranque de Lightyear es con un pequeño texto explicativo donde se asevera que estamos por ver la película favorita de Andy, el dueño de Woody y Buzz. Eso, que puede parecer anecdótico, es también una toma de posición, donde la gente de Pixar deja en claro que no solo apelan a la nostalgia, sino que también están apuntando a un público infantil al que no subestiman. No lo subestiman porque asumen que pueden aceptar, disfrutar y apropiarse de un relato que, con todos sus componentes de aventura y diversión, no deja tener elementos que sobrevuelan relacionados con nociones sobre el paso del tiempo, la muerte y la pérdida.

En Lightyear, la misión que se le presenta al protagonista no es una más, y no solo porque es especialmente difícil, sino también porque lo interpela sobre el cómo, por qué y para qué de su propia existencia. Ese interrogante personal y subjetivo empieza a configurarse cuando, luego de un accidente en una exploración aparentemente rutinaria, Buzz (voz de Chris Evans) y la numerosa tripulación que lo acompaña en un viaje de investigación quedan varados en un planeta hostil. Entonces, con la ayuda de su compañera, Alisha Hawthorne (voz de Uzo Aduba), deberá hacer múltiples viajes para lograr que una tecnología de hipervelocidad sea efectiva y les permita a todos salir de ahí. Claro que esa aventura estará repleta de obstáculos y consecuencias temporales que lo pondrán a Buzz en una especie de senda paralela a la de su gente. Su percepción del tiempo será diferente a la de los demás y eso lo colocará en un no-lugar, tanto espacial como temporal, que terminará incidiendo en su auto-percepción, afectada además por los constantes fallos, que van contra una personalidad que no suele admitir el error como parte del plan.

La película resume buena parte de estos conflictos exteriores e interiores que afectan al protagonista -que incluye el extremo que es el conocimiento y la asimilación de la muerte, más el proceso de duelo- con una secuencia de montaje tan estupenda como desoladora. Es un tramo que acerca a Lightyear a esa obra maestra que es Up, y que nos recuerda que el paso del tiempo es un tema muy habitual en Pixar, el cual sus integrantes están revisitando cada tanto. Acá, el estudio hace esa operación discursiva releyendo -al igual que ya hizo antes con otros géneros y subgéneros- la aventura espacial, para allí transformar lo abismal del espacio exterior y las implicancias de los avances tecnológicos en sinónimos de soledad, que se acrecientan en un héroe marcado por la acumulación de fracasos en pos de una posibilidad difusa de éxito.

Por todo eso, es que, a pesar del dinamismo en el que se inscribe su aventura primero individual y luego grupal, el de Lightyear es finalmente un relato marcado por la amargura que puede incluir el aprendizaje sobre lo que se pierde y gana con cada decisión que se toma. En eso es clave el surgimiento de su antagonista inesperado, que interpela a Buzz sobre las implicancias de sus decisiones y cómo no afecta solo a él, sino también a quienes lo rodean. Se puede argumentar que el film no tiene el esplendor visual o la solidez narrativa de otras creaciones de Pixar. Pero, al mismo tiempo, es innegable la capacidad que despliega la película para construir personajes atractivos -el gato SOX (voz de Peter Sohn) se lleva todas las palmas- y hasta ideas visuales que son casi declaraciones de principios. El cuento que nos presenta Lightyear no es sumamente original, pero aún así se siente nuevo y estimulante. No sorprende entonces que queramos ir, nuevamente, al infinito y más allá.