Leviathan

Crítica de Gustavo Provitina - La cueva de Chauvet

Leviatán: el camino al sacrificio

El origen griego de la palabra tragedia, nos enseñaron hace mucho tiempo, remite al maridaje de dos expresiones: tragodia que deviene de tragos (chivo) y oide, oda (canción). Harto sabido es que el sacrificio del chivo constituía la ceremonia central del culto a Dionisio y la oblación sagrada se acompañaba entonando una tragedia. Separar la palabra tragedia de la presencia ominosa de la muerte, como podemos inferir, sería incurrir en un desvarío semántico. La aclaración es útil para analizar Leviatán, la nueva película del director ruso Andréi Zviáguinstev, inscripta ya desde el título en la más honda tradición de los relatos trágicos.

Si, tal como nos ha explicado Roland Barthes, debemos considerar, en todo relato, el proceso que va desde las señales iniciales hasta las finales para restituir el sentido estructural de los eslabones intermedios de acciones y acontecimientos propios de lo narrado, Leviatán empieza y termina con una pérdida. El relato se abre con un perjuicio material, el embargo efectivo y afectivo de la casa de Kolya, y culmina con la privación de su libertad para ser recluido injustamente en el infierno más temido: la cárcel. Entre uno y otro extremo la vida de Kolya, como es previsible, se desmorona sistemáticamente haciéndolo caer en el lazo que lo llevará al “altar” donde lo espera el hacha del sacrificio. Toda tragedia constituye un transcurso degradante. El camino al sacrificio es un sumario de pruebas y derrotas regidas por la lógica del quebranto. La falla moral del héroe determina, invariablemente, la fuerza de impacto del castigo y también su orientación. El orgullo de Kolya propicia su debilidad arrastrándolo al naufragio. “¡Construí este lugar con mis propias manos!”, grita cuando es inminente la pérdida de su propiedad al tiempo que reivindica la añorada tradición de sus ancestros: “aquí está toda mi vida”, repite frente a la mirada técnica de Dima, el amigo artero que cae en la tentación y muerde la manzana que le tiende Lylia, la esposa de Kolya, para invitarlo a rodar hasta la apostasía.

El orgullo de Kolya volverá más sórdida cada fase del declive porque, como hubiera dicho Pascal: lo que más me asombra es ver que no todo el mundo está asombrado de su flaqueza. Kolya parece eximido de ese asombro, los venenos de la alienación han comenzado a minar la ostentación de su fuerza. Sabido es que el ofuscamiento es la sustancia obligada del orgullo. Cuanto más rígido es el sustrato del orgullo más fácilmente se quiebra. Vadim, el brutal antagonista de Kolya, funda su orgullo no en férreos preceptos morales -como hace su obstinada víctima- sino en la corrupción embriagadora del poder. El aliado más peligroso del alcalde es un sacerdote que le inflama la conciencia apelando a la rancia quimera de un mesianismo decadente. “Todo poder viene de Dios. Mientras él así lo desee no tienes nada de qué preocuparte” le dice el vicario para fortalecer su ánimo. Vadim repregunta ¿y él lo desea? Vivir pendiente del deseo inasequible del buen Dios no le impide pasar por alto sus mandamientos, especialmente aquél que dice: No codiciarás la casa de tu prójimo… El sermón en torno a la verdad pronunciado por el sacerdote a la vez que diluye toda pretensión de justicia, clausura el relato con la sensación, siempre latente, de que el poder es aliado irremediable de la impunidad. El fin justifica los medios para Vadim y para cumplir su “misión” no dudará en traicionar otro mandamiento: No hablarás contra tu prójimo incurriendo en falso testimonio. Expuesta la presencia de Dios en el centro del relato, no tardará en aparecer entrelazado al hilo simbólico -recurriendo una vez más a Roland Barthes- la parábola de Job. Si recurrimos a la etimología hebrea del nombre Job descubriremos que su significado es perseguido. Kolya -a diferencia de Job- prefiere dar la espalda a la fe religiosa. El coloquio circunstancial que mantiene con un sacerdote deja al descubierto sus reservas en relación a la devoción cristiana y sus preceptos. Sin embargo, presiente que ha sido castigado por una fuerza superior (en toda tragedia la verdadera adversidad es consecuencia de la ira de los dioses).

La historia es conocida: Satanás -con la anuencia de Dios- somete a Job a un repertorio de iniquidades con la única condición de no poner en riesgo su vida. La impiadosa obra del demonio lo aprieta sin ahorcarlo. El desdichado profeta se queja ante los amigos que procuran consolarlo de sus males pero, con cada acto de protesta, los aumenta. El final feliz del relato bíblico, es decir, la restitución de lo perdido, en la película de Andréi Zviáguitsev no sucede.

Como suele ocurrir en toda tragedia, las fuerzas que se abaten sobre el carnero desvalido parecen llegar desde una dimensión inabarcable. Leviatán no es la excepción. El relato además de centrarse en la rodada de Kolya -pierde casa, amigo, mujer y libertad- retrata un sistema de prebendas, mafia y corrupción en el que se mezcla la burocracia política y la anuencia velada de los altos mandos de la iglesia. La distribución internacional de Leviatán y los reconocimientos conquistados -ganó el premio a la mejor película en el Festival de Cine de la India, compitió por la Palma de Oro en Cannes y obtuvo el Globo de Oro, además de haber sido nominada para el Oscar- provocó un profundo malestar, al parecer, en la comunidad política rusa ligada a la gestión del presidente Putin. El ministro de cultura, Vladimir Medinski, acusó a Zviáguintsev de distorsionar la imagen política de Rusia para mostrarla tal como esperan verla en los países enemigos del régimen de Putin.

Más allá de estos detalles y retomando el hilo simbólico del análisis, la presencia del mar se torna imperceptiblemente amenazante hasta que llega al límite de la tensión en el momento en que Lylia -la pareja de Kolya- observa el llamado trágico del gran pez enrollado que da nombre a la película. Ella que, no casualmente se gana la vida limpiando pescados en una fábrica, siente el llamado de la bestia, su invitación oculta. Leviatán, según algunos enfoques, representa la fuerza que agita el mundo. La desaparición de Lylia acaso nos recuerde a otra fase de la leyenda del gran monstruo marino -siempre hilando lo simbólico- presentada en el Génesis: según el relato bíblico Dios mató a la hembra ligada a Leviatán para evitar que procrearan y así limitar su fuerza.

La película de Zviáguintsev está concebida en forma de espiral, como el movimiento de la gran serpiente marina que enrolla a su presa hasta sofocarla.