Leto

Crítica de Mariana Mactas - TN - Todo Noticias

El estreno de Leto (verano) es un acontecimiento extraño. Una película rusa, filmada por un director que estuvo bajo arresto domiciliario y no pudo presentarla, sobre la movida del rock en la Leningrado previa a la Perestroika. Y en blanco y negro. Y con clips, como una especie de musical. Con ecos de Velvet Goldmine, The Doors o 24 hour party people/La fiesta interminable, está centrada en la historia de dos músicos importantes que murieron muy jóvenes, Viktor Tsoi, del grupo Kinó, y Mike Naumenko, de Zoopark.

El segundo, una especie de Marc Bolan/Lou Reed/Bowie/Gainsbourg, aparece, además de como talentoso músico, como melómano ávido, productor e impulsor de esa movida. Así descubre a Viktor, en el verano del título, tocando la guitarra entre amigos frente al mar. En una larga y bella secuencia introductoria que parece simbolizar todo aquello (juventud, música, amor, libertad) que los rigores soviéticos se negaban a permitir del todo. También respira libertad, y ánimo lúdico, la propuesta de Serebrennikov, que con ingenio convierte escenas en clips musicales, con sobreimpresos y cantantes extras, como en un film clásico americano. Con base en versiones de grandes temas de las bandas que escuchan los personajes, de Iggy Pop a Blondie y T Rex. Son escenas de una alegría tan fantástica que inevitablemente rezuman melancolía, al dejar en evidencia esas tensiones, entre la apertura de costumbres y sonidos occidentales, y la opresión social todavía muy presente.

Pero no es el político el asunto central de este film, que se concentra en el trabajo creativo de sus personajes, en un triángulo amoroso y en el latido de ese movimiento de cambio, enmarcado en un club de rock, que peleaba por asomar la cabeza. Hay grandes momentos en Leto, como el show pulcro que se convierte en desaforado punk rock, y buenas ideas, como el paseo por las tapas de los grandes álbumes interpretadas por los protagonistas. Capaz de trascender sus historias, Leto es también un film sobre la periferia melómana y el poder de las buenas canciones.