Las facultades

Crítica de Rocío Belén Rivera - Fancinema

NOS UNE EL SUFRIMIENTO ACADÉMICO, Y LAS HORAS DE ESTUDIO

Como podemos apreciar, la virulencia actual que vive nuestra sociedad de mostrar problemáticas, temáticas y otras hierbas antes dejadas de lado por los discursos públicos en los distintos ámbitos de la esfera social, también ha arribado al cine. Que un documental tematice sobre la extenuante instancia de finales orales obligatorios, que tan acostumbrados nos tienen las universidades públicas y de calidad de nuestro país es una empresa para festejar. Quien escribe transitó su camino universitario de una hermosa carrera, pero muy dolorosa al mismo tiempo: tenía más del 80% de finales orales obligatorios. El recuerdo traumático y los malos tragos quedaron, junto con satisfacciones también, pero esta nostalgia estudiantil se revivió en recuerdos y en carne propia con Las dacultades, ópera prima de Eloisa Solaas.

Recopilando con una cámara intrusa el antes, durante y después de una seguidilla de finales orales dados en distintas facultades de la Universidad de Buenos Aires (Derecho, Filosofía y Letras, FADU, Sociología, Física, Agronomía y Medicina) y visibilizando también el seguimiento de una modalidad de estudio particular, como es la educación superior en contextos de encierro, Solaas permite a los espectadores un recorrido cercano, natural y sobre todo empático de todos los estadíos anímicos que pasan los estudiantes de los estudios superiores. Es interesante cómo se capta la especificidad de cada modalidad de examen: por ejemplo, en Derecho, el final emprende la tarea de emular la dinámica de un juicio, con sus partes (vestidas acorde al estereotipo de abogado que circula en nuestra sociedad), así como también con veredictos y estrategias jurídicas que se explicitarán y apelarán como sucedería en un juicio, junto, claramente, con la corrección de los mismos por parte de los profesores; en Medicina, la modalidad de examen pasa por distintas etapas que componen el quehacer médico como son análisis de radiografías y examen de las partes de un cadáver, un ping pong de preguntas rápidas, entre otros puntos.

Todo lo mostrado hasta aquí nos permite contraponer cómo esta modalidad de examen riguroso, con un protocolo que se repite en las distintas facultades (exposición, pregunta, repregunta) llevado a cabo por la Universidad de Buenos Aires, no es similar en la lógica de examen dentro de una cárcel, donde si bien la exigencia académica se respeta, la instancia es más relajada y distendida. El alumno que la película muestra está tomando mate junto con la profesora que lo evalúa, camina mientras explica, siendo esta instancia evaluadora otra etapa de aprendizaje que culmina la trayectoria estudiantil de una materia, más que un momento definitorio donde se pone a prueba cuánto aprendió cada alumno de forma definitoria y muchas veces punitiva.

El documental también muestra la cocina estudiantil de algunos alumnos en el momento preparatorio de un final: cómo se puede estudiar de forma solitaria o en grupos, las horas llenas de mates, apuntes, libros, computadoras, charlas y discusiones intelectuales que componen una fórmula de estudio más que conocida por todos aquellos que hemos transitado las instituciones universitarias. Lo atractivo de este planteo que propone Las facultades es que no se detiene tanto en los saberes teóricos que las distintas carreras y exámenes podrían ofrecer, sino que se pondera la instancia emocional que esta modalidad evaluadora representa para los alumnos, los nervios que despiertan, las voces temblorosas, las manos que tiemblan, la duda existencial que se despierta ante la repregunta de los docentes. Interesante ejercicio de mostración de una situación que podría parecer banal a los ojos del conjunto de la sociedad pero que es más que habitual en la vida académica de las universidades nacionales y que puede llegar a significar dolorosas instancias ánimas para con los estudiantes, y que pocas personas advierten o problematizan al momento de reflexionar la propia trayectoria académica, durante y luego de finalizarla.

Esta ópera prima de Solaas deviene en un gran homenaje al cine documental de Wiseman, quien sin necesidad de agregar más explicación que aquello que la cámara toma cual testigo silencioso, cuenta una historia a la perfección. Por último, se destaca que esta directora debutante se toma una atribución que funciona como un guiño a los cinéfilos que vean la película: la estudiante de filosofía que el documental nos muestra es la actriz y directora María Alché. Como puaner, sufrida y egresada de esa casa de estudio, la gloriosa Facultad de Filosofía y Letras -entre amigos, simplemente Puán- digo y repito: los puaners estamos en todos lados, incluso, en un documental sobre facultades; incluso, escribiendo críticas sobre ese documental.