Las estrellas de cine nunca mueren

Crítica de Melody San Luis - Fancinema

TODOS LOS NÚMEROS A UNA SOLA FICHA

Las estrellas del cine nunca mueren cuenta los últimos años de vida de Gloria Grahame que coinciden con su declive profesional como actriz. Aunque por momentos puede parecer este personaje un poco demasiado exaltado, Annette Bening logra darle un estilo excéntrico que agrada. El carácter fuerte de esta artista, sus fortalezas y sus debilidades -visto desde su momento de declive- hace posible que esta figura llame la atención. Los cantos y los bailes son algunos de sus encantos. Y si bien por momentos vemos a una Bening con mucho potencial, el film deja la sensación de faltarle algo más. Los aciertos quedan suspendidos y no es posible ver un motivo que los aúne y refuerce.

Desde la puesta en escena es posible observar cómo todo ayuda a poder construir el personaje de Grahame. Las elecciones del plano detalle refuerzan una mirada íntima al cuerpo de la actriz. Hay una estética de la belleza de la vejez, en la que las arrugas atesoran el misterio de una mujer que en algún momento fue algo que no conocimos. Esta visión es coincidente al amor de su joven novio, que no sólo la ve como enamorado sino de forma idealizada por su experiencia como actriz.

La personificación de Grahame logra mostrar, con gran éxito, el deterioro que sufre la actriz por la enfermedad que la atraviesa, que aparece también junto con su sufrimiento profesional por haber pasado de moda. Los cambios en el aspecto son notables y permiten visualizar el dolor y la pesadez de la situación que está viviendo, asimismo le otorgan complejidad a un personaje que siempre se presenta con una actitud evasiva hacia los problemas.

Pero lo cierto es que la figura no funciona por sí sola. Inclusive es contraproducente dar tanto vuelo a un solo personaje y deja todo lo demás como una simple decoración que acompaña. Todo lo que queda por fuera del personaje principal está poco trabajado, no tiene fuerza. Quizás al rodear y confiar tan sólo en la actuación de Bening es que las escenas tienen un tinte artificioso. Los diálogos, salvo algunos, parecen rellenar los vacíos, pero no proponen ningún atractivo.

Pasada más de la mitad de la película pareciera que se encuentra una forma de narración mucho más fluida y llamativa. Las idas y vueltas en la misma escena, el cambio de vista de quien narra, le da una vuelta a lo que se mostró hasta el momento. Es a partir de ahí donde el clima se torna más interesante. Pero para ese entonces ya recorrimos un largo trecho un poco insulso.

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