Las estrellas de cine nunca mueren

Crítica de Jessica Blady - Malditos Nerds - Vorterix

IN MEMORIAM

Un poco de glamour hollywoodense con una mirada bastante diferente.
Admitámoslo, las historias biográficas sobre la Era Dorada de Hollywood, sus escándalos, miserias y estrellas estrelladas, siempre nos atraen; ya sea por su glamour inherente o esa “mística” que nos retrotrae a una época lejana plagada de esplendor cinéfilo. No es el caso de “Las Estrellas de Cine Nunca Mueren” (Film Stars Don't Die in Liverpool, 2011), drama romántico basado en las memorias del propio Peter Turner, joven actor inglés que se convirtió en el último compañero de Gloria Grahame, toda una femme fatale de los años cuarenta y cincuenta que, a pesar de haber aparecido en grandes producciones como “Cautivos del Mal” (The Bad and the Beautiful, 1952) y The Big Heat (1953), cayó un poco en el olvido, quedando relegada a producciones teatrales y televisivas que diluyeron su carrera en los últimos años.

En uno de sus viajes a Londres, Gloria (Annette Bening) conoce a Peter (Jamie Bell) y, enseguida, lo cautiva con su mezcla de inocencia y sensualidad, más allá de la gran diferencia de edad que los separa. El idilio de Liverpool (donde vive el chico con su familia), hasta Los Ángeles, Nueva York y de vuelta a casa de los Turner.

La historia de Paul McGuigan, director escocés más afecto a la TV (“Sherlock”, “Luke Cage”), arranca en 1981, cuando la actriz regresa a Inglaterra para una presentación, pero un malestar se interpone en su camino. El único contacto es Peter, con quien rompió la relación hace meses, pero el joven igual la acoge en su casa para brindarle los cuidados necesarios hasta que se recupere.

A partir de allí, empezamos a reconstruir este romance que empezó en 1979, siempre desde la mirada de Turner, un jovencito de mente y corazón abierto, fascinado por la electrizante (y demandante) personalidad de la señora. La familia de él, fans de la actriz, no parece preocuparse por la brecha de edad que los separa; no así la parentela de ella (su mamá Vanessa Redgrave y su hermana Frances Barber), que ya parecen haber atravesado esta caprichosa situación con otros amantes.

“Las Estrellas de Cine Nunca Mueren” va y viene en el tiempo, paseando a la pareja por diferentes escenarios. Mientras tanto, en una habitación de huéspedes en Liverpool, el estado de salud de Gloria se deteriora rápidamente, poniendo a Peter y a su familia en una posición bastante incómoda y dramática. Grahame es una sobreviviente del cáncer de mama, y posiblemente la enfermedad haya regresado, pero ni él quiere admitirlo, ni ella pretende pasar sus últimos días en un hospital de Lancaster.

Más allá de que Gloria se nos presenta como una mujer un tanto chiquilina y egoísta por momentos y que, a pesar de haber perdido el brillo hollywoodense y caer en la decadencia, mantiene su glamour hasta las últimas consecuencias, hay pura vulnerabilidad y temor en estos últimos instantes de los que ni su familia está enterada.

Liverpool y la casa de los Turner, con mamá Bella (la gran Julie Walters) a la cabeza –si hay reunión de “Billy Elliot” (2000) que nos hace sentir un tanto vejetes-, se convierten en un refugio del mundo exterior, pero al mismo tiempo la llegada de Gloria altera los planes de la familia, y los de Peter, que necesita tomar una decisión al respecto.

El objetivo de McGuigan no es mostrar el romance desenfrenado, la oposición de las familias o el drama de las enfermedades. Hay algo más simple en “Las Estrellas de Cine Nunca Mueren”, ligado a la perpetuidad y al amor incondicional que no conoce tiempo ni espacio. Lo mejor que tiene para ofrecer son sus actuaciones principales, donde Bening se destaca, pero es Bell quien se lleva todos los aplausos. ¿Por qué no lo vemos más seguido demostrando este talento? Pero esa misma “simplicidad” de la historia se torna un tanto tediosa y desprolija, deteniéndose demasiado en escenitas telenovelescas, en vez de profundizar un poco más en los dilemas de los personajes.

A pesar de que estamos a finales de los setenta y principios de los ochenta, la puesta en escena mantiene cierto artificio que poco y nada tiene que ver con la música disco y los hippies, y más con la nostalgia que atesora Grahame de su propio pasado, y de esas épocas de gloria hollywoodense. McGuigan nos ubica en el tiempo, gracias a la banda sonora y otras referencias, pero juega con técnicas e imágenes que intentan remitir a aquella era dorada del séptimo arte.

Igual, todo parece quedarse a mitad de camino, y no es por falta de tiempo. La estructura narrativa de “Las Estrellas de Cine Nunca Mueren” resulta un tanto aleatoria y, en resumen, no ayuda al ritmo de la película. El rescate llega de la mano de su elenco y esas ganas de revivir del olvido la carrera y el charm de Gloria Grahame, una arista que vale descubrir más allá de esta “anécdota romántica” que muestra, al mismo tiempo, su lado más irritable, pero también su lado más humano.

LO MEJOR:

- Jamie Bell necesita más papeles como este.

- ¿Por qué Annette Bening nunca saltó al verdadero estrellato?

- El rescate de una estrella como Grahame.

LO PEOR:

- El ritmo no le ayuda.

- Algunas grandes ideas de tono se quedan a mitad de camino.

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