Las estrellas de cine nunca mueren

Crítica de Felipe Vicente - EscribiendoCine

Affaire americano

Basada en las memorias del actor Peter Turner, Las estrellas de cine nunca mueren (Film Stars Don't Die in Liverpool, 2017) narra con equilibrada sustancia emotiva el affaire amoroso entre el homónimo de las memorias y la afamada actriz Gloria Grahame, quien supo arrebatarle de las manos a Jean Hagen (Cantando bajo la lluvia,Singing in the rain, 1952) el Oscar a mejor actriz secundaria. Nominado a los últimos BAFTA, el film del británico Paul McGuigan (hacedor de Victor Frankenstein, y capítulos de numerosas series), se apoya en la argucia para sortear la melancolía de un pasado mejor.

El cine vuelve a contarse a si mismo. Peter Turner (interpretado aquí por Jamie Bell, La piedra en la última versión de Los 4 fantásticos, 2015) vivió una historia de amor con la clamada actriz de Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful ,1952) a pesar de la dispareja diferencia de edad, Gloria Grahame era ya una cuarentona mientras el llegaba a los 28. Cuando la actriz enferma y rechaza cualquier tipo de tratamiento, el joven decide llevarla a su casa de Liverpool a pesar de no estar separados.

Paul McGuigan planea con tres principales flashbacks revivir esta historia de amor, donde Graham viene del cierre de su carrera artística y llega a Inglaterra a enfrentar el ocaso de su vida. El valioso aporte técnico de la cámara, afinado a través del montaje, hace que estos flashbacks doten dinamismo a la narrativa. El cuarto donde tienen el primer encuentro una vez acomodados en la estadía británica, gira sobre si mismo para salir por una puerta que dará comienzo al relato. Algo similar sucede durante varios pasajes de la película.

Apropósito, el juego artístico propone un contraste entre el ostracismo del cuarto y los lumínicos encuentros pasados que tuvo la pareja en distintos lugares del mundo. California será el apoteósico lugar donde el amor se consuma. La obsesión de la directora artística Urszula Pontikos por la meticulosa fotografía confiere a las escenas un toque especial. Sin duda no serían lo mismo sin esa contribución, que regala acaso el mejor crepúsculo de la tarde californiana.

Sucede también en momentos donde el visor capta la espontaneidad. Por ejemplo, el placentero baile que ejecutan en los primeros minutos despierta la atracción mutua. Grahame emana de su boca los diálogos más finos del guion, producto de la versátil mano del escritor Matt Greenhalgh (Nowhere Boy).

Nueva york, oponiéndose a California, será la ciudad de la fisura. La toma que enfrenta a los edificios Chrysler y Empire State es clave para entender la referencia a la disputa de poder originado allí. La distancia de edad se hará notar como nunca durante esas secuencias decisivas.

La delicadeza le gana la pulseada a la bajeza, que podría haber emergido, sobre todo en un relato que contiene en su ADN la explosiva formula enfermedad más amor más separación. Como no podía faltar en una película autobiográfica de una talentosa actriz cinematográfica, las referencias al séptimo arte son claras. Basta con afinar el ojo y encontrar allí evocaciones a Annie Hall, dos extraños amantes (Annie Hall, 1977), Un tranvía llamado deseo (A Streetcar Named Desire, 1951) o Fiebre de sábado por la noche (Saturday Night Fever, 1977).

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