Las acacias

Crítica de Federico Rubini - Cinematografobia

LA HISTORIA MÁS MÍNIMA
Sobre la importancia de ver al otro

Troncos y copas que se yerguen en el medio de un bosque. La luz del sol se filtra a través de ellos y se (nos) muestra despareja y tamizada. El sol, en nuestra cara. Es casi como si no hubiera cámara, como si no hubiera representación, como si fueramos nosotros los únicos allí, en aquel bosque, mirando lo que estamos viendo. Y el sonido que comienza, y lo que hasta entonces era ambiente es ahora estruendo.
Y una acacia cae a nuestro lado.
El film Las Acacias, de Pablo Giorgelli (ópera prima de este director de 46 años de edad), es un caso ejemplar de cómo hacer mucho con poco. La historia del film se reduce al viaje que debe hacer Rubén, un camionero (fantástico Germán de Silva) que transporta troncos de acacias, desde Asunción hasta Buenos Aires a bordo de su camión con la insólita compañía de Jacinta, una mujer paraguaya y su beba de apenas algunos meses de edad (ambas dos, Hebe Duarte y la increíble Nayra Calle Mamani perfectas en sus respectivos papeles). Ni más ni menos que eso. Se trata de un viaje y de todo lo que eso conlleva para los personajes: Rubén pasa del desdén y el silencio, a las ansias contenidas y la extroversión. Desde el comienzo se nos dejan en claro las personalidades: Rubén, el hombre solitario, acostumbrado a estar por su cuenta, prácticamente vive en su camión movilizándose por todo el territorio; Jacinta, sumisa y callada y al mismo tiempo segura y con una fortaleza admirable, criando sola a su hija y no dejando que nada la desanime ni le haga aflojar el paso. El acierto de Giorgelli es notorio, sobretodo en lo que respecta al guión: plagado de sutilezas, la acción no se construye desde la palabra sino más bien desde la no-palabra, desde la ausencia de la misma: las miradas y los gestos son la base de la comunicación entre ambos personajes. Porque se podría decir que ese es el tema del film: la comunicación o la falta de ella. Aquí la notable ausencia de diálogo juega un papel importante, el silencio de los personajes habla por sí solo de manera remarcada, ya que cuando decimos silencio nos referimos a ese no-diálogo entre los protagonistas, plagado de ambientes y de elementos sonoros. Y cuando existen, las palabras son filosas, medidas, justas, no hablan por hablar. Hay intencionalidad detrás de las pocas líneas que ambos, Rubén y Jacinta, dicen.

Nayra Calle Mamani y su mirada, una presencia constante en el film.
Y a través de esas breves líneas, se nos suministra la información adicional de los personajes, eso que está presente en las miradas y en las reacciones pero que hace falta que se nos explicite. A través de ellas comprendemos el pasado y el presente de ambos: entendemos que Rubén no posee familia y al mismo tiempo sí la tiene (es fantástica su línea: Jacinta le pregunta sobre si tiene familia, y él responde inmediatamente "No... Tengo un hijo."). La pequeña Anahí no cuenta con la herramienta del diálogo: su comunicación está en la mirada y en el llanto. Giorgelli mencionó en una entrevista que todo el rodaje se armó en torno a Anahí. Si ella estaba de buen humor, entonces se hacían las escenas que tenían esa clave. Si estaba molesta o llorando, lo mismo. Y esto se nota. Son tan acertadas las acciones de la pequeña que lo llevan a pensar a uno lo complicado que debe ser hacer que un bebé logre brillar como brilla aquí Nayra Calle Mamani. Su mirada, clavada en Rubén, es una de las principales causas del cambio del protagonista, de su transformación a lo largo del film. Es que a lo largo de este viaje, algo cambia en él: su camión (su "casa") se ve invadida por estas dos extrañas, ya no puede ni fumar dentro del auto, es forzado a dejar de lado sus costumbres egoístas (no despectivamente, sino porque son costumbres que se basan en lo que uno quiere y en nada más). Incluso en la escena en que en la frontera es interrogado por la policía acerca de Jacinta, Rubén dice (cámara desde dentro del auto, nos encontramos al lado de Jacinta y de Anahí, oímos sus respiraciones y el apagado sonido del exterior, Rubén a lo lejos con un policía, casi que tenemos que leerle los labios) que ella es su esposa. Y al final, el cambio se completa y Rubén dice lo que tiene que decir, lo que quiere decir, en un momento cargado de emotividad y sostenido por una intensa actuación de Germán de Silva. Casi que no son personajes, casi que son personas lo que vemos en la pantalla.
Y la cámara todo el tiempo colabora con la acción. Casi siempre dentro del camión, el plano-contraplano genera una sensación de espacio acotado, de intimidad, de cercanía entre los personajes (forzada e incómoda al comienzo, natural y necesario luego) que ayudan al desarrollo del relato. El sonido también es un punto a destacar, como mencionamos con anterioridad hay mucho desarrollo de los ambientes y del fuera de campo. La fotografía es excelente, nada pretenciosa y aplicada en función de la película, con encuadres muy cuidados y una iluminación acertada. Es un film que esconde mucha complejidad detrás de tanta aparente simpleza; Giorgelli mencionó en la presentación del film que el desarrollo del guión llevó más de dos años. Ahí se ve que detrás de pocas palabras hay mucha historia, que lo más importante es lo que no se dice y que su intención es la de contar mucho con poco.

El cambio de Rubén es sutil y mínimo; grandes actuaciones de los tres protagonistas.
Mucho se le criticó a esta película de tener ánimos "festivaleros" y emotividad maniquea. Con todo respeto a varios críticos colegas y amigos míos como lo son Quintín y Ezequiel Boetti, no veo en esta película un film "formal de un cine globalizado" ni creo que le falten "componentes locales" para ser una buena película. Y no comparto, entre muchas otras cosas, la insistencia de varios críticos en que lo prolijo y cuidado sea algo que reste. Que algo quede claro: Las Acacias está muy lejos de ser un film innovador, su búsqueda no es esa. Lo que pasa es predecible, no hay grandes sorpresas ni una historia diferente a lo que ya se haya visto. Lo interesante aquí es la forma en la que está tratado todo, desde un minimalismo que irrita a muchos espectadores (y a críticos, esa es la principal razón por la que se acusa a este film de "festivalero") y que en Las Acacias funciona a la perfección. La película no se nos vende como otra cosa que lo que es: la historia de un camionero que viaja desde Paraguay a Argentina con una mujer y un bebé. Y algo en lo que suma muchísimo este film es en la ausencia de música: la emotividad no está llevada de los pelos (nada peor que se nos señale el momento en el que tenemos que emocionarnos) en ningún momento, todo fluye, todo avanza. Así que tampoco veo esa "emotividad calculada" de la que se habla. Es un film pequeño, casi minúsculo y muy personal. Si no hubiera ganado en ningún festival (Pablo Giorgelli se alzó con la Cámara de Oro entregada a la mejor ópera prima en el reciente Festival de Cannes y ganó varios premios en diversos países) y no hubiese tenido grandes repercusiones las críticas serían muy distintas.
Y así, al comienzo del film vemos a un hombre (vemos al brazo de un hombre) que fuma desde dentro de una camioneta, mientras en el fondo otro humo se eleva, el de las acacias quemadas. Al final, el mismo hombre intenta contener el llanto mientras maneja por la ruta. Lo que pasa en el medio es de lo que trata esta película.