La vida dormida

Crítica de Marcela Barbaro - Subjetiva

En las páginas del libro “Feminismo y Arte Latinoamericano” de Andrea Giunta se hace referencia a “las artistas que emanciparon el cuerpo”, una frase que funciona como disparador para hablar sobre La vida dormida, opera prima de Natalia Labaké, quien se atreve desde el cuerpo a rever su historia familiar a través del lenguaje cinematográfico para cuestionar el discurso androcéntrico dominante, el cual se vió, aún más, reflejado durante la frivolidad del período menemista.

A partir de las filmaciones caseras realizadas por su abuela Haydée, quien registró diversos momentos de la carrera política de su esposo Juan Gabriel Labaké durante la campaña de Memen en 1989, el documental presenta al abuelo de la realizadora, un peronista de derecha, defensor legal de Isabel Perón, y que mantenía su hogar bajo el yugo machista. A través del registro de sus actividades junto a las escenas familiares, la mirada se orienta hacia los roles de los hombres y las mujeres de esa familia. Aquellos registros, se intercalan y contrastan con las imágenes actuales de esas mujeres y niñas, ya mayores, inmersas en las costumbres y los hábitos impuestos que sembraron desigualdad y silencio. Ese paso del tiempo que une el pasado y el presente intenta dar luz a las consecuencias provocadas por tanta invisibilidad y sumisión.

La pregunta que subyace a lo largo de la película es ¿Cómo se puede intervenir en la realidad escapando de ciertas estructuras y patrones socioculturales que unidireccionan la mirada y delimitan el accionar de las mujeres?. ¿Cómo inciden estos condicionamientos en la sociedad? Teniendo en cuenta que el material de archivo filmado por su abuela claramente retroalimenta el discurso dominante y se contrapone a un registro actual que se orienta a desnaturalizar la imagen y el concepto machista. Un concepto que la directora subraya en las consecuencias emocionales que sufrieron su hermana Agustina y su tía Bibiana Labaké, sobre las cuales no profundiza ni explica demasiado.

En La vida dormida, la observación y la ausencia de voces femeninas parecen mostrarse como denominadores comunes de las mujeres en general, ya sea en virtud de sus comportamientos como de una gestualidad contenida frente a cámara que resulta difícil de disimular. Ellas observan, están, pero “no hacen ni dicen” en el sentido del activismo y compromiso político sino más bien juegan un rol pasivo, de acompañantes.

“Hablar, tener que decir, dar una opinión, es algo que valoramos por encima de muchas otras formas de intervención en nuestra cultura”, expresa la realizadora. “Nosotras, las mujeres de esta familia, hablamos poco. Un poco por educación, otro poco por miedo o comodidad. Y cuando lo hacemos, dudamos. (…) Me pregunto cómo hablar cuando la realidad está hecha por varones, efusivos y bienpensantes, de derecha y no tanto, ocupando el centro de la escena.”

Partir de lo biográfico para reflejar lo colectivo pone en tensión desde dónde se muestra la realidad teniendo en cuenta la carga afectiva que pesa sobre el relato. Entre la subjetividad y el distanciamiento, la propuesta del documental busca romper con ciertos paradigmas frente a una sociedad adormecida, tal vez con demasiado uso de la sutileza en el decir como en el revelar discreto de sus imágenes.

LA VIDA DORMIDA
La vida dormida. Argentina, 2020.
Dirección: Natalia Labaké. Guion: Natalia Labaké y Paulina Bettendorff. Intérpretes:Juan Gabriel Labaké, Haydée Alberto, Bibiana Labaké, Agustina Labaké, Virginia Loussinian.Fotografía: Haydée Alberto y Natalia Labaké. Montaje: Anita Remón. Diseño sonoro: Sofía Straface. Duración: 74 minutos.