La vida dormida

Crítica de Horacio Bernades - A Sala Llena

Una familia argentina

Es una película triste La vida dormida. Muy triste. Triste por los protagonistas, por su mediocridad y sus enfermedades mentales, por su extravíos y hallazgos (al final, la que descubre todo, la que filma todo esto, la que tiene todo claro, es miembro de la familia), y triste porque todo eso tiene que ver con la Argentina, fue permitido por la Argentina, es finalmente la Argentina la que se pasa la vida dormida, soñando con cosas que no son.

La que filma es Natalia Labaké, nieta de Juan Gabriel Labaké, abogado y político peronista, que en los 80 pasó de ser representante de Isabelita a candidato de Menem, y que si algo tuvo de coherente durante su vida política fue su fidelidad (¿o algo más?) a la Santa Madre Iglesia. De allí el discurso, que “dicta” en voz alta a partir de lo que escribió en casa, luego de estrujarse el mate, uno de esos discursos hiperarmados, en el que traza la infancia de un niño criado en la localidad de Lobos a comienzos del siglo XX y otro, “Dios”, nacido en Nazaret veinte siglo atrás. Perón y Jesús, Jesús y Perón, ramas del mismo árbol son.

Labaké no es muy coherente. En una época defiende a Isabel, en otra dice que su manipulador espiritual López Rega era de la CIA y que Perón lo sabía. Supuestamente habría dicho El Viejo, con ese aire campechano con el que comunicaba las verdades más terribles, que prefería tener al lado a un agente de la CIA al que reconociera como tal, que a uno del que no supiera. ¿Habrá dicho Perón eso alguna vez? ¿Estaba Lopecito efectivamente al servicio de la CIA? ¿No le bastaba con haber creado las Tres A? ¿O creó las Tres A por encargo de la CIA?

A propósito de Isabel, también se exhibe en el XXII Bafici (¿feliz coincidencia?) Una casa sin cortinas, que a pesar de que su título no permite adivinarlo tiene a María Estela Martínez de Perón por protagonista y coronel Kurtz. Me explico: el documental de Julián Troksberg intenta penetrar la esfinge de rodete, peinado batido y mucho spray, mediante el método tradicional: entrevistando a Juan Manuel Abal Medina (“it’s alive!”), a los Carlos (Corach y Ruckauf, le faltó un Carlos que en el momento de la filmación todavía vivía), a Juan Carlos Dante Gullo (ese ex dirigente de la JP que nunca dio la impresión de haber sido dirigente de la JP). Desde ya que esa esfinge es impenetrable, de modo que todos los entrevistados -incluyendo algún cardiólogo de guardia que compartió la intimidad de los últimos momentos del General y su esposa, así como Haydée Padilla, La Chona, que conoció a Isabelita a los veintipocos, cuando daba sus primeros pasitos de baile- coinciden en que no debió haber estado allí donde estuvo (el ojo del huracán setentista, en el momento en que se pone bizco), que no tenía la más mínima capacidad política para hacerlo. Pero ojo: todos le reconocen dos cosas, que no son moco de pavo. Una es haberse sacado de encima a su mentor espiritual, el que según Tomás Eloy Martínez le hacía pases de magia (“siempre le tuvo terror al espiritismo”, dice asombrosamente de ella María Eva Gatica, hija del Mono), cuando la CGT y el Loro Miguel la emplazaron a que era él o ellos, y eligió a ellos. La otra es haberse bancado casi cinco años de cárcel de la dictadura calladita, sin haber pedido ningún cuidado especial y sin haber renegado de ser quien en definitiva había sido, porque su marido así lo quiso: la Presidenta de la Nación.

Ésa es La casa sin cortinas que tiene a Isabel por protagonista. La otra es la que quiere que pensemos que en una de esas estos muchachos que la filman lograron romper un silencio de toda la vida (Isabel no abre la boca ni para canta la marchita a su regreso en 1984, con Ubaldini de un lado y Triaca del otro, y cuando un periodista le pregunta si vino para quedarse le echa flit con sonrisa pícara y acento madrileño) y hacerla hablar, a los 88 años y en su recoleto retiro en un barrio privado de las afueras de Madrid. Todos los testimoniantes se ríen ante esa ilusión, nosotros también nos reímos, y finalmente ocurre lo que todos sabemos: La casa sin cortinas es una Apocalypse Now! sin coronel Kurtz. Ni Willard, ni………., ni nada. Aunque sí podría ser un Apocalypse Then!, protagonizada por un elenco entero de secundarios (la heroína incluida), que tras la muerte del God-Father se masacran entre sí, hasta que lleguen las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos de Argentina, a masacrarlos mejor. A ellos, a sus familias, a sus conocidos y al país entero, para fundar una nueva Saigón, frente a la que Willard pueda murmurar “… Saigon… shit…”

Ex abogado de la Señora, Juan Gabriel Labaké es el puente entre La casa sin cortinas y La vida dormida. Un Labaké post-ACV en la primera de ellas, con el ojo izquierdo caído y semicerrado, y un Labaké de los últimos 40 años en el documental de su nieta. Pero Natalia Labaké rompe los puentes, porque el suyo no es un documental más o menos convencional sobre una figura a pie de página, sino un documental en primera persona (del singular y del plural) sobre una familia argentina que empieza gozando las mieles de la política (teta ubérrima, que parecería tener leche para Rómulo, Remo, Caín y Abel) y del uno a uno de Menem a cavallo de la “modernidad argentina”, para de allí en más decaer lenta pero indefectiblemente, junto con el país. La vida dormida pudo haberse llamado Una familia argentina, pero por supuesto que La vida dormida es un título mucho mejor, porque la metonimia es más indirecta y la familia tiene, en efecto, una integrante que se queda dormida “porque la cámara le da sueño”. Se trata de la tía Bibi, hermana del abuelo Juan Gabriel, que en las filmaciones de los 80 parece un poco ida, y en las más recientes está totalmente ida.

Pocas veces se ha visto en el cine ha alguien más “ido” que la tía Bibi, que empieza una frase, se queda en suspenso, como flotando entre las nubes de adentro, cuando ya parece haber elegido el adentro vuelve a salir para seguir con la frase, se vuelve a ir y así, hasta que después de cuatro o cinco intentos la frase queda congelada para siempre y la tía Bibi se hunde en el sueño que da toda la impresión de elegir, como modo de huir. Huir de los Labaké, huir de ese hombre “que no la supo querer”, cuya mano por encima del hombro se ve en una fiesta familiar, para luego desaparecer, huir del mundo y de todo. “¿Cuándo se va a terminar?”, le pregunta a su sobrina nieta Agustina, hermana de Natalia, y cuando Agustina le pregunta qué es lo que se va a terminar se queda callada, porque ella y todos sabemos bien a qué se refiere cuando habla de terminar.

Terminar con los Labaké, con las analogías místicas-berretas del abuelo Juan Gabriel, los videos caseros grabados por su esposa en un resort caribeño (“mírenlo ahí, en su trono”, magnifica hablando del marido, y al marido se lo ve tirado durmiendo la siesta, en una hamaca de bambú), los años del deme dos, el padre que pregunta si en una dependencia oficial son “más macristas o más kirchneristas”, la hermana Agustina presa de la angustia y presa de la casa familiar, delirando con constelaciones familiares en las que se aparece Cupido, y la mamá de Natalia dándose cuenta de que nunca fue nada, porque el marido nunca le hizo lugar, y el abuelo Juan-Gabriel cayendo siempre del lado del que hay que caer, como un panqueque, hablando pestes de Isabel y Lopecito cuando Isabel y Lopecito se convirtieron en innombrables.

Y La Marchita, que siempre se canta y siempre se canta igual, como para suturar todas las heridas, las traiciones, las ilusiones, las panquequeadas, los crímenes, los mártires, las avivadas, las buenas intenciones y los acomodos. Que se canta, tan protocolar, tan desafinada y tan robóticamente como el Happy Birthday, con todo el mundo actuando para el festejo, para la cámara y para el país. En medio de La Marchita alguien, fuera de cuadro, hace saber su condición de “zurda, bien zurda”, cuestión de incomodar al abuelo y, tal vez, a la familia entera. ¿Será esa la verdadera disidencia, o será acaso la que encarna Natalia, esculpiendo a la familia a golpes de dolor, de tristeza y de video?

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