La vida de Adele

Crítica de Ignacio Andrés Amarillo - El Litoral

La educación sentimental en el siglo XXI

"La vida de Adèle” es la adaptación que el director tunecino Abdellatif Kechiche hizo junto a Ghalia Lacroix del cómic “Le Bleu est une couleur chaude” de Julie Maroh (“El azul es un color cálido”, título que el filme lleva también en inglés), y lleva por subtítulo “Capítulos 1 y 2”. O sea que de entrada se nos plantea que habrá dos partes, dos instancias que a la sazón recorrerán el ascenso, apoteosis y caída de una relación amorosa entre dos chicas, de la “educación sentimental” (uno de los tópicos del romanticismo, junto con la “amada inmortal”) de la más joven, la que le da título al filme, y del encuentro con su identidad.
La identidad
Adèle es una quinceañera de origen un tanto humilde, que corre todos los días el colectivo para ir a la escuela, interesada en la literatura y rodeada de un grupo de amigas que la estimulan a conseguirse algún muchacho. En algún momento prueba, aunque la relación parece no funcionar, ni en el nivel personal ni en el sexual. Paralelamente, ve su capturada su atención por una joven de pelo azul, abiertamente lesbiana, que se pasea con su novia por la calle. En algún momento comenzarán a cruzarse con Emma, que así se llama la azulina, mientras en las clases de literatura curiosamente el profesor trata el tema de los encuentros predestinados en ciertas novelas.
Mientras Adèle explora hacia adentro su identidad sexual (y revelará de paso alguna tensión no reconocida en alguna compañerita) inicia una relación con Emma (estudiante universitaria de arte) que pasará de charlas y dibujitos a tórridos encuentros sexuales. Y hasta allí contaremos aquí: sólo la plataforma desde donde Kechiche lanza el recorrido de su heroína, del amor a la tristeza y más allá.
Variaciones
Si durante el visionado uno puede distraerse sobre el momento donde se cambia de episodio, que no están numerados como en las novelas, enseguida puede retrotraerse y encontrar el pasaje entre dos etapas diferentes, con temporalidades disímiles y desigual modo de desarrollo. Porque si la primera parte relata una secuencia de hechos seguidos en un intervalo de tiempo breve y a velocidad constante (la búsqueda identitaria de la protagonista, el flirt y el vínculo sexual posterior con Emma), el salto temporal de uno a otro deja varios interrogantes pendientes (la relación de Adèle con sus padres, por ejemplo, que salen de escena).
Después de ciertos acontecimientos que afectan a la relación entre ambas de manera drástica, el relato posterior tomará la forma de una retahíla de retazos narrativos espaciados por grandes saltos temporales no del todo indicados pero que se pueden ir estimando, lo que da un cálculo de un marco temporal de algunos años.
Así, contra la intensidad física y emocional del capítulo 1, que es la crónica de un devenir, el 2 navega un poco a la deriva, al igual que las emociones y el destino de Adèle.
Los cuerpos
Nada funcionaría sin Adèle Exarchopoulos, sensual y creíble por donde se la mire. Con su belleza de cara lavada, su pelo cuidadosamente descuidado (el acomodarse el cabello recogido en forma de palmera es uno de los gestos característicos de su personaje), con sus mechas sobre la cara, su modo de lamer los cubiertos al comer los fideos, todo eso la convierte en la musa ideal para Kechiche, cuya cámara se enamora de su rostro (hay una abundancia de primeros planos), capaz de llenar la pantalla; de sus labios entreabiertos y sus paletas a lo Brigitte Bardot, bien para una diva francesa; de su cuerpo y su piel, y de la química con Léa Seydoux, en unas escenas de sexo explícito y gimnástico, que la columnista de Eñe Patricia Kolesnicov llamó “aspiracionales” (“las escenas de sexo son las ganas de ese sexo”) y las comparó con “el muchachito que viene huyendo, salta sobre el capot, recorre el techo con una vuelta carnero que lo tira parado en el baúl y desde ahí balea a los malos”, al que el cine nos tiene acostumbrados. Muy aspiracionales, sí, pero no dejan de acalorar.
Seydoux, ya que estamos, se luce en ese personaje firme, seguro de su identidad (la contracara de la jovencita), tierna y predadora sexual al mismo tiempo: la cazadora puede enamorarse, a fin de cuentas. Y sí, también ha llamado la atención de muchos con su piel blanca y sus ojos claros que contrastan con su pelo azul (aunque veremos su rubio natural en algún tramo postrero), a tal punto de que muchos la consideran la revelación del filme, a pesar de tener ya varios trabajos en su haber.
Romanticismo
Volviendo sobre el principio, el subtítulo recuerda a “El amor (primera parte)”, excepcional creación de Alejandro Fadel, Martín Mauregui, Santiago Mitre y Juan Schnitman. Como aquel filme, este también es inconcluso, imperfecto si se quiere, pero con esos agujeros abiertos y esos puntos suspensivos que la vida suele tener. Hay educación sentimental y amada inmortal, en cierta manera, lo que demuestra que el romanticismo dieciochesco encontró su forma de sobrevivir en el siglo XXI.