La protagonista

Crítica de Brenda Caletti - CineramaPlus+

AMBIGÜEDAD APARENTE

“Bien, todo bien. Acá, en la quinta de una amiga. Sí, está re lindo –le miente a Marcos por teléfono, mientras levanta la cabeza y deja la mirada perdida. Tanto el cuerpo en la reposera como las gesticulaciones del rostro permanecen rígidas por unos segundos hasta que vuelve a hablar– sí, estoy en la pileta, obvio quiero aprovechar a estar acá en el verde que no me fui en todo el verano”. La escena sintetiza la lógica narrativa de La protagonista: por un lado, una joven de 32 años que parece incómoda con su vida, con el entorno y con la forma de ocupar los lugares como el bar donde da clases, los focus group, la panadería, la puerta del taller de teatro, la fiesta o el local de ropa. Por otro, una potente ambigüedad narrativa que impide confirmar si Paula actúa permanentemente o si dicha insatisfacción responde a un momento específico personal o a cierto alejamiento de la actuación. El espectador, entonces, duda, se pregunta y nunca termina por comprender si aquello que ve es una puesta en escena constante o si bajo ese modo de presentarse al mundo se esconde alguna señal subyacente que dé cuenta de los procesos internos. ¿Cuál es el límite? ¿Acaso importa?

Para contrarrestar tal disconformidad, la directora Clara Picasso parece proponer como refugio el celular ya que la mujer se encuentra inmersa en la pantalla del aparato o escuchando música a lo largo del filme. Incluso, esa información le queda vedada a espectador y sólo descubre quiénes la llaman mediante las respuestas de ella. Sin embargo, este tratamiento genera una distancia mayor entre el mundo interno y el afuera, entre lo no dicho y lo expuesto que atenta con la propuesta ambigua volviéndola, por momentos, monótona y arbitraria. Lo mismo ocurre con el robo del inicio ya que si bien funciona como puntapié para movilizarla y, con ello, alterar el entorno de la actriz que hace tiempo no se presenta a castings y está alejada del ambiente. La entrevista televisiva, el reconocimiento en la calle, los llamados, los comentarios de conocidos y extraños favorecen al juego entre el título de la película y el rol que ya no desempeña en su vida. Pero, con el correr del metraje, ese código termina extinguiéndose hasta terminar como una anécdota en un cumpleaños llena de extraños o en el olvido de la panadera que demora con exceso la entrega del pedido.

Hacia el final de la película ya no importa si se trata de una gran puesta en escena o de una suerte de estado de detenimiento para (re) habitar los espacios y el universo propio puesto que el desgaste aplaca cualquier intención. Y la última escena lo encarna a la perfección, con contornos débiles entre una posibilidad y otra. A veces, parece que no importa.

Por Brenda Caletti
@117Brenn