La posesión de Verónica

Crítica de Fernando Sandro - Alta Peli

El pavor ibérico.

Mientras en Hollywood continúan repitiendo y repitiendo las mismas fórmulas para hacer películas de terror, muchas veces adaptando proyectos extranjeros de modo infructuoso, las verdaderas grandes obras del horror siguen llegando desde afuera.

España se ha convertido, ya hace un tiempo largo y aproximadamente con el nuevo siglo, en un verdadero semillero de joyas, catapultando a realizadores que, por suerte, en su mayoría no han sido aún cooptados por la gran maquinaria norteamericana.

Nombres como los de Álex de la Iglesia, Alejandro Amenabar, Jaume-Collet Serra, Jaume Balagüeró, son sinónimos de calidad. Justamente este último tiene entre sus mayores éxitos la saga de cuatro partes [REC] que codirigió junto a su colega Paco Plaza, director ahora de La posesión de Verónica, otro gran film proveniente de las tierras de Paul Naschy.

No juegues con lo desconocido:
Basada muy libremente en el caso de Estefanía Gutierrez Lázaro, conocido popularmente como el caso Vallecas, La posesión de Verónica cuenta con dos elementos fundamentales para su efectividad: la carnadura de sus personajes y el acierto en dosificar sobresaltos.

Es Madrid, 1991, Verónica (Sandra Escacena) vive con su madre Ana (Ana Torrent) y sus tres hermanos menores, las gemelas Lucía e Irene (Bruna Gonzáles y Claudia Placer, respectivamente) y el más pequeñito Antoñito (Iván Chavero).

Ana trabaja todo el día como moza en un restaurante, por lo que es Verónica quien debe hacerse cargo de sus hermanos. Recientemente el padre de familia falleció, por lo que todo se hace cuesta arriba. Verónica intenta balancear su vida como adolescente y las ocupaciones de su familia.

Junto a dos compañeras del liceo religioso al que asisten, se dirigen al sótano del colegio y medio jugando, medio en serio, realizan una sesión de espiritismo con una tabla ouija, con la idea de contactar a su padre.

Por supuesto que las cosas salen mal, son sorprendidas, la sesión no culmina correctamente, y Verónica queda como centro de algo más poderoso que su propio entendimiento.

A partir de ahí y durante los siguientes meses, Verónica sufrirá todo tipo de martirios relacionados con presencias fantasmagóricas y un comportamiento errático que no puede controlar, sobre todo para con sus hermanos.

El diario de Verónica:
La posesión de Verónica guarda alguna similitud con la conocida El exorcismo de Emily Rose. Desde la primera escena casi que conoceremos su desenlace, y todo será un gran flashback en base a la crónica policial. La narración se irá estructurando de acuerdo a los días que pasan y que faltan para que eso que vimos en un principio finalmente llegue y podamos comprenderlo.

Este método le otorga ya de por sí una gran tensión al asunto. Si a esto le sumamos la gran elaboración en la puesta que logra Plaza y la perfecta construcción de personajes, tenemos aseguradas una hora cuarenta y cinco minutos aferrados a la butaca.

No todos son sobresaltos y nerviosismo, la historia se irá desarrollando de a poco, lentamente entraremos al juego. Esto es lo que permitirá que comprendamos mejor a los personajes, que entendamos sus razones y se nos hagan queribles. Para cuando Verónica comience a sufrir en serio por lo que la atormenta y por la negación de su entorno, ya estaremos totalmente compenetrados con ella.

Las relaciones de ella con su madre, con sus hermanos y con sus amigas, se verán de modo natural, como si se tratase de demonios internos que Verónica debe extirpar de algún modo.

Al desarrollar su historia en 1991 la ambientación de época es fundamental: Plaza opta por no recargar el asunto, todo está puesto en detalles sutiles y explota en una banda sonora muy acorde con Los héroes del silencio como máximo ícono.

En todo momento la sensación de que algo malo ocurrirá está presente, generando angustia y, por qué no, algún susto. Pero prepárense, porque cuando finalmente la noche anunciada llegue, mejor que estén con los pies bien en el suelo.

Tal como lo hacía Balagüeró en la subvalorada La séptima víctima, Plaza no necesita de una batalla de efectos para asustar. Le alcanza con los juegos de luces, la oscuridad, las sombras, lo que se oye pero no se ve, la sensación de que cualquier cosa puede pasar en cualquier momento, la tensión expuesta a un 100%. Esa media hora final de La posesión de Verónica no será fácil de olvidar.

Conclusión:
Paco Plaza logra en La posesión de Verónica una gran obra de terror en serio, con un ritmo en constante crescendo, personajes queribles, un clima tremendo y un climax para no olvidar. Sin temor a exagerar, es este uno de los grandes filmes de género del 2017.