La niña del sur salvaje

Crítica de Maca - Cinematografobia

ENSAMBLES
La mirada inocente

Esa frase comprime casi la totalidad de la ópera prima de Benh Zeitlin. Como si a propósito quisiera retomar el Neorrealismo italiano, el incipiente director hizo que en su universo fílmico encastraran tanto la técnica de actores inexpertos, una cámara de 16 milímetros y un bajo presupuesto de una manera más que correcta. Tomando como base el cuento de Lucy Alibar Juicy and Delicious, reescribieron juntos el guión para esta primera pieza cinematográfica, que no solo fue muy aclamada por la crítica sino también por varios festivales de cine. Sin embargo, hay que destacar que no sólo rompe con los esquemas convencionales del cine hollywoodense, sino que al mismo tiempo rompe otra de las reglas del cine, no usar ni agua, ni animales, ni niños.

Quvenzhané Wallis, la joven protagonista del film.

De esta forma Zeitlin nos muestra dentro de un mundo ficticio, sellado tanto de manera física como metafórica dos mundos distintos desde un mismo punto de vista; la percepción de la infancia y la capacidad de un grupo de personas de sobreponerse al dolor emocional y a su vez poder continuar con sus vidas sin que éstas sean vividas de forma miserable.
Entre el realismo y el cuento popular, La niña del sur salvaje, que desde un principio parece un documental por su imagen granulada y el efecto de cámara en mano, nos cuenta la historia de Hushpuppy (la niña Quvenzhané Wallis) y su padre Wink (Dwight Henry) junto con otros habitantes del “Bathtub”, una zona pantanosa que se ve empeorada por un huracán y las posteriores consecuencias del mismo.
Asimismo, no es sólo eso lo que se nos cuenta. Desde el punto de vista de Hushpuppy, su voz en off nos narra de forma indirecta la historia; nos adentramos en esa sociedad, en su forma de vida y también en su relación con ese entorno. Conocemos así a una sociedad que renuncia a la civilización moderna y se apega a sus afectos, tanto materiales, en el sentido de querer quedarse en esas tierras- sus tierras- como en el sentido de unión que hay entre ellos. Acá nuevamente el uso de la cámara con sutiles movimientos, pero dando esa impresión de cámara en mano adentrándose en un mundo tan real como fantasioso, nos guía en esa zona pantanosa, en la vida de sus habitantes. Así presenciamos la relación de Hushpuppy con su padre, quien está gravemente enfermo, y cómo ella debe aprender a hacer las cosas cuando él no está y donde sus acciones, por momentos maduras para su edad, también reflejan todos los miedos e inquietudes de un niño de seis años. De esta forma, se nos presentan las reflexiones que esta niña hace sobre la naturaleza y su lugar en el cosmos. La relación que establece con los animales, cada vez que ubica su oreja junto a sus corazones para intentar descifrar el código en el que hablan, o la relación que tiene con su madre ausente.

Las bestias, símbolo remarcado- metáfora viva de lo desconocido.

Hasta ahora no parece que la fantasía sea una gran parte de la historia, pero la visión de Zeitlin va más allá, para mostrarnos ese lado infantil de la protagonista; es así como junto con sus reflexiones también vemos cómo su imaginación ilumina nuestra pantalla: en conjunto con la voz en off se nos presentan con un montaje alternado imágenes de deshielo, grandes icebergs que traen consigo la aparición de temibles monstruos prehistóricos, muy bien logrados, con efectos especiales que no destruyen y a su vez aportan en toda esa lograda imagen granulada. Y no es sólo imaginación sino también metáfora, la visión de un mundo, o mejor dicho de dos mundos, o quizás más, donde confluyen la niñez, los juegos infantiles, los descubrimientos, la vida de los adultos y los sentimientos frente a las hostilidades del mundo en el que se vive, la imaginación, la historia; y hasta en cierto punto una denuncia hacia la sociedad en que vivimos.
Es así que La niña del sur salvaje no sólo nos presenta un drama crudo y tajante; sino grandes actuaciones, especialmente la principal, la debutante Quvenzhané Wallis, un excelente uso de la fotografía y por sobre todas las cosas un ritmo excepcional. Puesto que, sin perderse en el camino de la historia, ni dejándonos a la expectativa de algo para lo que necesitamos formular hipótesis de cómo va a acaecer; se nos está constantemente mostrando algo. Es un ritmo acompañado no sólo por el montaje, la voz en off y la banda sonora; sino también por la cámara, que imprime en nuestra pantalla y frente a nuestros ojos ese mundo al cual nos adentramos en los momentos más intensos, y esa paz, necesaria en algunos instantes, que hacen que uno al mismo tiempo que reflexiona sobre lo que acaba de ver pueda seguir apreciando esos paisajes cubiertos casi en su totalidad de agua, iluminados, como puro desprendimiento, por los rayos del sol.