La hermana de Mozart

Crítica de Brenda Caletti - CineramaPlus+

EL NOMBRE DE LA OTRA PARTE: NANNERL

“Imaginate si ambas hubiéramos sido varones- reflexiona Luisa-. Tú reinarías sobre tus creaciones y yo sobre los hombres”. Pero esa sentencia provocadora para la época, donde la mujer se limitaba a obedecer y olvidarse de sí misma, queda reducida a un simple anhelo, a un mero pacto silenciado entre dos amigas que deben renunciar a sus deseos por las imposiciones familiares, aunque actúen de forma diferente en cada caso: Luisa jamás dejará de ser una hija bastarda del rey de Francia y Nannerl, apodo de María Anna Mozart, quedará a la sombra de su hermano, a pesar de su talento.

Durante uno de los viajes de la familia Mozart por Europa se funde el eje del carruaje. Por fortuna, a pocos kilómetros hay una abadía que los alberga. Pero en este convento no habitan sólo monjas, sino que, además, cobija a tres de las hijas bastardas del rey Luis XV. Pronto, las tres jóvenes se harán amigas de Nannerl, aunque será Luisa, con quien trabará una verdadera amistad. Con el correr de los días, la familia seguirá su travesía rumbo a la presentación formal en el palacio de Versalles, donde Nannerl y Wolfgang demostrarán su virtuosismo para el canto y con los instrumentos.

El lazo que une a ambas jóvenes se torna cada vez más fuerte no sólo por la confianza que se establece entre ellas, sino también por la potencia de sus miradas, por esa cercanía que irradian a pesar de sus diferencias sociales. De esta forma, los momentos que estén juntas en la abadía serán los únicos donde serán completamente libres por el simple hecho de compartir sus deseos.

La analogía entre Nannerl y Luisa se desarrolla durante toda la película y está articulada sobre tres ejes: la relación paradójica con sus padres, el desplazamiento frente a sus hermanos y el amor frustrado. En el primer caso, Luisa le confiesa a Nannerl que fue el cardenal quien ordenó que ella y sus hermanas fueran a vivir al convento, mientras que los hijos que disfrutan de los placeres reales son los “legítimos”, Delfín y las mellizas. Luisa no conoce a sus hermanos ni a sus padres pero tiene un gran cariño por ellos, a pesar de que en la abadía recalcan la preocupación de sus progenitores por su bienestar. Nannerl, por el contrario, mantiene una estrecha relación con su madre Anna María y hermano. Con su padre Leopold, en cambio, el vínculo es de admiración/sumisión. Acepta las decisiones de su padre como no enseñarle a componer, este sólo en secreto admite el talento de su hija. Una de las escenas más duras es aquella donde Nannerl le muestra a Wolfgang su cuaderno de música, en el cual, sólo hay composiciones de él.

En el segundo caso, en ambas jóvenes su condición femenina las aleja de realizar cualquier actividad. Luisa queda confinada en el convento mientras que Nannerl, a pesar de sus intentos de ser independiente, termina resignándose a ser la sombra de su hermano. Esto se comfirma cuando en uno de los viajes, Leopold comunica a la familia que hará que Wolfgang componga su primera ópera buffa, como signo de genialidad.

En el tercer caso, Luisa resigna su amor por Hugues le Tourneur, al enterarse que es su medio hermano. Por tal motivo, la joven se inclinará por los hábitos. Nannerl demuestra cierto interés por el Delfín, incluso parece correspondido. Ambos se conocen cuando Nannerl, disfrazada de hombre, le entrega a le Tourneur una carta de Luisa. Ante la demostración musical de la joven, el Delfín decide que le envíe composiciones. La relación se afianza y Nannerl decide revelarle su identidad. Sin embargo debido a el inesperado casamiento del Delfín, éste opta por cortar toda posible relación entre ambos.

Otro elemento central del filme tiene que ver con el retrato detallado de la relación familiar. El director busca captar los estados anímicos que recorren a los cuatro integrantes a lo largo de la travesía, a partir de actitudes íntimas o de la ironía.

En las escenas de música, ya sea en las presentaciones en vivo como en los ensayos puertas adentro, el director recurre a la imitación de la última parte, como si fuese un segundo plano y en un volumen más bajo. Se trata de un dato curioso pues la imitación musical es característica del siglo XVI, no del XVIII. Entonces, los personajes terminan sus interpretaciones y aún pueden percibirse los últimos movimientos musicales.

El filme exhibe un carácter muy íntimo, justamente, por el tratamiento de sus ejes y por el detenimiento de la acciones. De esta forma, no sólo manifiesta el lugar relegado de la mujer en esa época y la resignación por las imposiciones familiares, sino también intenta descomponer esa mirada y reconstruirla a partir de ciertos contrastes para destacar otros elementos presentes en ese universo Mozart, universo que, pese a sus múltiples versiones, sólo era conocido por una parte de la historia.

Por Brenda Caletti
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