La grande bellezza

Crítica de Javier Luzi - CineramaPlus+

CUANDO LA MENTIRA ES LA VERDAD

La grande bellezza se ha convertido en la mimada de la mayoría de la crítica y de las premiaciones desde su aparición en Cannes el año pasado (ganadora del Globo de Oro, del BAFTA y candidata favorita para alzarse con el Oscar a película extranjera) y su director Paolo Sorrentino en la versión rediviva de Fellini.

Jep Gambardella (Toni Servillo) es un escritor que ha publicado en su juventud “una obra maestra” de la literatura de estos tiempos, para convertirse desde entonces en un periodista reputado de y por la clase alta romana, partícipe de sus fiestas, sus devaneos “intelectuales” y su vacío existencial jamás asumido. A los 65 años nuestro protagonista empieza a vislumbrar que algo no anda bien ni en su vida ni en la de sus amigos ni en la de su grupo social que maneja los hilos de la cultura, los medios y las instituciones (el poder simbólico y el fáctico).

Con la posmodernidad (a estas alturas históricas) a nuestras espaldas, en nuestro presente y poseedora del futuro, es innegable que la vacuidad se ha vuelto moneda corriente en nuestras vidas, que la (falsa) democratización de las voces y la venerada multiplicación de las verdades nos han legado la estúpida creencia de que todos podemos hablar de todo como profundos conocedores (sin ser más que repetidores y sostenedores del lugar más común) y que a pesar de la proliferación de formas y medios de relacionarse estamos menos comunicados que nunca y más solos que el uno.

El director pretende hacer un retrato de estos tiempos y ubica a Italia (y en particular a Roma) en el centro de la escena (cual epítome global). Una Italia que siempre se ha visto como un decorado a cielo abierto por sus monumentos que afloran en cada esquina de sus calles, un país donde los mass-medias se impusieron como verdad revelada y se apropiaron del poder (Berlusconi y su RAI, sus azafatas de programas berretas, sus orgías con menores de edad, sus negociados. Hechos de los que siempre sale inmune). Sorrentino pone su ojo-cámara frente a esos personajes de una clase alta decadente y ridícula, falsa y patética, negadora y cínica, para hablar de un hoy que parece infectarnos mundialmente. ¿Y cómo no estar de acuerdo con esa cosmovisión?

El problema radica en la elección de los procedimientos y herramientas utilizados. El director no puede despegarse de la explicitación ni del trazo grueso más obsceno para pintar ese universo. Se propone ejercer una sátira social profunda (y apenas llega a la moralina) y sólo atina a presentar un espejo para retratar un presente que cualquier espectador observa con sólo encender la televisión o escuchar la radio. En un mundo posmoderno donde la sutileza está vedada, Sorrentino echa mano a los subrayados (y no una o dos veces, sino todas las que los 142 minutos de duración de la película le permiten) y repite y repite la mismidad de lo mismo con una dedicación digna de mejores objetivos. Snob, pretenciosa, fatua, artificial y artificiosa, fingida y falsa, la misma puesta se expresa en su forma igual que el contenido que pretende señalar como reprochable.

Jep no es un observador que ha reflexionado sobre lo equívoco de sus elecciones, sino apenas una marioneta para provocar en el espectador sentimientos de humanidad que son puro artificio. Sólo se cuestiona a sí mismo desde la falsa modestia y la autoindulgencia, o en su defecto desde la necesidad de un guión maniqueo y simplista que escupe parlamentos con la profundidad de un Osho, un Coelho o un póster Pagsa de esos que en los ‘80 inundaban los respaldos de los asientos de los colectiveros en Buenos Aires. Y si creemos que la coherencia entre discurso y acción nos da permiso para señalar con el dedo a nuestros contemporáneos desde el pedestal de la sabiduría hemos caído en la trampa. El sabio no tiene certezas, sólo dudas.

Si el flâneur -que poetizó Baudelaire y teorizó la lectura benjaminiana-, surge como personaje de una modernidad que da cuenta de los cambios en las ciudades y en las relaciones interpersonales (la multitud nos enfrenta, ante la mayor posibilidad del encuentro, con la soledad más desolada), Jep es un posmoderno cabal que sólo encuentra a la ciudad vacía y en la ciudad, vacío. Esas metáforas, esas analogías, son la única forma que halla Sorrentino para describir lo que ve. Tautologías. Pleonasmos. Perogrulladas. Si quiero mostrar vacío, filmo la ciudad desnuda; si busco contar el cotilleo social, construyo escenas llenas de ruido y cháchara superficial; si quiero hablar del consumo, armo un atiborrado, exuberante y exagerado escenario; si presento un arte sin sustento, expongo performances cool y acto seguido muestro a nuestro protagonista (y guía en este descenso a los infiernos que de dantesco sólo comparte su nacionalidad -y casi ni eso, si uno se plantea que históricamente Italia aún no se había constituido como nación en tiempos de “La Divina Comedia”- ) visitando principessas y admirando cuadros renacentistas bañados en luz y música clásica. Ese es el método siempre. Un recurso insoportable y que revela la búsqueda intencional de una rápida, segura y fácil identificación espectatorial.

Nadie trazó una comparación con Greenaway (¿acaso ya no se recuerda el estilo de este director inglés que en sus comienzos la crítica ensalzó?) y de Fellini sólo podemos encontrar la estereotipación de los lugares comunes: la ciudad, las mujeres y el sexo, la añoranza por los buenos tiempos idos, la fauna de los diferentes. Pero no creo equivocarme si digo que jamás Federico desdeñó a sus personajes, los maltrató o se burló de ellos, con una misantropía tan poco fundada. Aquí se expone a una sociedad, a las personas que la conforman, mientras se disfruta sin culpa y sin vergüenza porque los Otros son siempre menos que uno. Masas sin pensamiento ni reflexión y manipuladas por quién sabe quién y dónde uno queda excluido por una supuesta epifanía que permite la observancia externa. Una posición de falsa conciencia. Que por si fuera poco recurre a la religión como teleología. Y no tiene ningún prurito en deshacerse de los únicos personajes, -Andrea y Ramona-, que dejan en evidencia y exhiben la verdadera naturaleza del protagonista.

Siempre nos hemos quejado de las producciones hollywoodenses que se construyen para un público (pensado como) infantil que necesita que todo sea dicho, que no deja ambigüedades expuestas, que cierra todo sin dejar resquicios abiertos por donde pueda aparecer la vida y con ella los imprevistos, los dolores, los misterios. La grande bellezza nos endulza los oídos, reafirma nuestras certezas, nos da un alimento previamente masticado y predigerido para el que sólo nos queda sentarnos a saborear porque el gusto es de nuestro agrado -pero el gusto desdeña la reflexión-, se esfuerza por dejarnos boquiabiertos ante la maravillosa puesta en escena y nos dice que la belleza es un balcón con una monja naroskyana y una bandada de flamencos. Demasiado poco para tanta admiración.

Por Javier Luzi
redaccion@cineramaplus.com.ar