La gallina Turuleca

Crítica de Rodrigo Seijas - Funcinema

UN CUENTO PEQUEÑO Y NO MUCHO MÁS

Por más de cuarenta años, la canción llamada La gallina Turuleca -popularizada y hasta inmortalizada por Gaby, Fofó y Miliki en la década del setenta- ha atravesado y conectado con varias generaciones, a través de una letra pegadiza y que al mismo tiempo insinuaba una historia más grande. Sin embargo, la expansión del universo musical a partir de un vehículo cinematográfico no dejaba de ser desafiante y lo cierto es que esta película animada, coproducción hispano-argentina, solo cumple sus objetivos a medias.

El film dirigido por Eduardo Gondell y Víctor Sevilla, hay que admitirlo, se da cuenta que, si solo sigue lo que pauta la canción, va a encontrarse con límites narrativos y estéticos rápidamente. En cierto modo, pareciera tomar en consideración las lecciones dejadas por ese bodrio absoluto que fue Manuelita. Por eso el guión, escrito por Pablo Bossi y Juan Pablo Buscarini, trata de explorar otras vertientes y construir un relato que sacuda, aunque sea mínimamente, las expectativas. De ahí que presenta a Turuleca como una gallina singular, con un aspecto flacucho e imposibilitada de poner huevos, que la convierte en el hazmerreír del gallinero donde nació. Ese destino de intrascendencia es interrumpido cuando Isabel, una ex profesora de música, la lleva a vivir a su granja, donde terminará descubriendo un talento oculto: no solo es capaz de hablar, sino también de cantar como ninguna otra gallina. Ese don inesperado la llevará a formar parte del Circo Daedalus, en un recorrido no exento de dificultades.

Otra cuestión de la que se hace cargo el film -y con adecuado orgullo, sin culpa alguna- es que su diseño apunta al público más infantil. Esa consciencia le sirve para impulsar su narración sin timidez, confiando incluso en unos cuantos pasajes en lo que insinúan los cuerpos y las acciones, dejando de lado los diálogos redundantes. Por eso quizás la primera mitad es la más sólida, a partir de cómo va delineando un proceso de amistad, aprendizaje y autodescubrimiento bastante honesto y alejado de lo aleccionador. Aún así, hay varios momentos que pretenden incorporar lo bailable y lo musical que lucen forzados, casi de compromiso para conectar con una audiencia actual.

Ya en la segunda mitad, a partir de la irrupción de un villano llamado Armando Tramas, que amenaza al circo y busca apropiarse de Turuleca, es donde la película empieza a caer en el territorio tan temido de las lecciones de vida, además de la acumulación de estereotipos un tanto gastados. Eso lleva a un agotamiento de la propuesta, que aún así se las arregla para desplegar algunos elementos conceptuales interesantes. De ahí que La gallina Turuleca sea una película correcta pero mínima, con una construcción narrativa noble, aunque limitada en el armado de sus conflictos.