La forma del agua

Crítica de Diego Lerer - Micropsia

La nueva película del realizador de “El laberinto del fauno”, gran favorita para ganar varios Oscars, es una historia de amor y solidaridad entre marginados (monstruos o no) en los Estados Unidos de la década del ’60. El filme que protagonizan Sally Hawkins, Richard Jenkins, Michael Shannon y Olivia Spencer es una fábula romántica y política, pero también una carta de amor al cine.

Fábula política sobre un grupo de descastados que se reúne, cual familia sustituta, a ayudar a uno de los suyos en peligro, LA FORMA DEL AGUA es una de esas películas que entran desde los sentidos –de la belleza de su puesta en escena a las emociones que despierta su trama– y que permanecen por la generosidad de su planteo y el amor del director por sus materiales. El filme de Guillermo del Toro puede ser leído como la historia de amor entre una chica solitaria y un monstruo, como una versión melancólica de EL JOVEN MANOS DE TIJERA o como una película sobre una cultura que desprecia y margina a los “diferentes”, pero finalmente no es más que uno de esos relatos clásicos que nos llevan a pensar en FRANKENSTEIN, FREAKS y su larga descendencia: una suerte de amoroso poema fílmico acerca del otro (o bien, los otros), lo que deben atravesar para sobrevivir en una sociedad que los ignora o liquida, y la solidaridad que se genera entre ellos a partir de sus difíciles predicamentos.

Lo curioso de la apuesta del director mexicano es que parece jugar con un tono de fábula nostalgiosa casi apta para todo público pero pronto, y un tanto sorpresivamente, nos deja en claro que el estilo puede ser de fantasía pero las actitudes, los deseos y las emociones que se manejan por debajo de esa pristina capa de colorido envoltorio son totalmente adultas, algo parecido a lo que sucede en WONDERSTRUCK, otra maravillosa película de este año, dirigida por Todd Haynes y con estreno también en el festival marplatense. Ambos filmes, pero más el de Del Toro, friccionan los límites de la fábula, la llevan a un territorio que normalmente queda al margen –o como subtexto– de ese tipo de relatos, para adentrar al espectador en situaciones y sensaciones visiblemente adultas.

De entrada, aquí, y pese a la cápsula cinéfila en la que parece existir LA FORMA DEL AGUA, vemos pronto que Elisa Esposito (la británica Sally Hawkins) puede parecer un personaje de cuento de hadas pero es alguien que está, al menos en la intimidad, muy en contacto con su cuerpo y sus deseos. Y su silencio no es meramente decorativo ni una elección a lo AMELIE para enredarnos amorosamente en los ojos y los gestos de la actriz. No, Elisa es muda (aunque no sorda) y en su cuerpo tiene marcas de algún fuerte daño físico y emocional causado tiempo atrás. Lo mismo pasa con Giles (Richard Jenkins), un artista que se gana la vida haciendo dibujos publicitarios en plena era MAD MEN, quien dentro de la casa que comparte con Elisa puede liberar sus ataduras y declarar las preferencias sexuales que en público debe ocultar. También está Zelda (Octavia Spencer), una mujer afroamericana que trabaja con Elisa y que tiene una complicada relación con su marido y sufre un persistente racismo laboral. Y hay otros personajes cuyos secretos no conviene adelantar.

Pero el caso más claro de “otredad” es, digamos, La Criatura (Doug Jones, via motion capture), a quien el gobierno norteamericano ha traído desde el Amazonas sin saber bien para qué. En realidad, esta suerte de “Dios Lagarto”, combo de hombre y criatura con algún tipo de poder extraordinario, está encerrado en el enorme laboratorio en el que Elisa y Zelda trabajan (hacen la limpieza) solo para que no se lo lleven los soviéticos y saquen ventajas con él. En plena Guerra Fría, para los militares (representados por el agresivo y torturado Strickland, interpretado por Michael Shannon en su ya patentado estilo virulento) es más importante sacarle cosas a los rusos que pensar si se puede hacer algo o no con ellas.

Si bien la temática ligada a la política internacional está tratada algo superficialmente, funciona como un clásico McGuffin narrativo que moviliza la acción. Elisa conoce a la Criatura que Strickland trae y a la que trata como un prisionero político, agrediéndola físicamente a niveles insoportables. Y generando similar agresividad de parte de la víctima. La chica primero se apiada de él y luego empieza a comunicarse. Con gestos, lenguajes de señas, comida (al “monstruo” le apasionan los huevos, parece) y música, Elisa y esta lagartija gigante establecen una conexión que deben mantener secreta ante los demás. Hasta que la situación obligue, por decirlo de alguna manera, a tomar el bicho por las patas.

LA FORMA DEL AGUA se vuelve a partir de allí una historia de amor y de solidaridad. Si bien en los papeles el grupo que trata de ayudar a la criatura a sobrevivir y, quizás, a lo E.T., volver a su hogar, puede sonar a cliché de descastados, Del Toro logra que cada uno de esos personajes se transforme en un ser querible y creíble. La conexión de Elisa y Giles (que aman el cine clásico, la TV y la música de las big bands de los ’50) es tan palpable y humana como la de Elisa y Zelda, hermanadas también por similares motivos. Con la excepción de una escena (en la que Elisa hace un discurso en lenguaje de señas que subraya en exceso los temas del filme), Del Toro prefiere apostar a la magia, a los detalles de la puesta en escena, al juego con la música y el color, a la fantasía (en un curioso momento la película se vuelve un musical como los del ’30) y a la mitología de los monstruos tan cara al cine de esas épocas para poner en juego sus ideas.

A esta altura de su carrera, y seguramente con decenas de ofertas para dirigir grandes franquicias comerciales, el director de CRONOS prefiere apostar a relatos oscuros, románticos y cinéfilos en los que puede dar rienda suelta a su desaforado amor por el cine clásico. Lo hizo en la excelente y un tanto incomprendida LA CUMBRE ESCARLATA y vuelve a repetirlo aquí, en un proyecto cuyo universo comercial seguramente será más reducido que el de una secuela de TITANES DEL PACIFICO pero en el que parece haber puesto todas (o casi todas) sus obsesiones sobre la mesa. Quizás algunas nominaciones al Oscar puedan ayudar a que esta extraordinaria película encuentre el público amplio que merece.

Pero más alla de sus perspectivas comerciales (que, en estos casos, son secundarias) queda claro que estamos ante un relato mágico, emotivo, cadencioso –se toma su tiempo para “arrancar”, deja que cada personaje tenga su mundo– y muy personal. Un cuento de hadas que es, a la vez, oscuro y luminoso, denso y amable, que produce espanto pero que también es capaz de estrujar el corazón como solo pocos cineastas contemporáneos (los citados Spielberg, Haynes y Burton, y no muchos más) se atreven a hacerlo. Sin temor, sin verguenza. Confiando que el amor y el cariño que sienten por sus incomprendidas criaturas se trasladará a los espectadores y que serán ellos los que, acaso entre lágrimas, terminen de darle forma y emoción a sus maravillosos y humanistas relatos.