La casa muda

Crítica de Pablo Raimondi - SI (Clarín.com)

Alumbrar la sugestión

De una historia verídica ocurrida en un pequeño pueblo de Uruguay, el director Gustavo Hernández comenzó a tejer La casa muda, una lúgubre película que deja al espectador conviviendo con uno de sus miedos más básicos: la oscuridad y lo desconocido.

Laura (Florencia Colucci) y su padre Wilson (Gustavo Alonso) se internan en una vieja y lejana casona de campo para reacondicionarla. Su dueño Néstor (Abel Tripaldi), en breve la pondrá en venta y le sugiere al dúo familiar que pasen allí el crepúsculo para comenzar con los trabajos al día siguiente.

Ese será el comienzo de una larguísima noche a oscuras, asfixiante y solo bajo las luces de dos faroles, que en poco tiempo pasaría a ser uno: Wilson morirá extrañamente en la vivienda luego de ir a investigar, en la parte superior, la procedencia de ruidos extraños. Desde ese momento su hija escrutará a solas cada rincón de la casa, entre la opresión del miedo, las inquietantes voces de niños y los ruidos (supuestamente) realizados por un pequeño espíritu, nudo central en la trama del film.

La casa muda, filmada en su totalidad con una cámara digital, en un solo plano secuencia y con varios guiños a El proyecto Blair Witch, plantea un verdadero desafío para los amantes del género de suspenso y terror: no correr la vista de la pantalla en ningún momento del film. Inténtenlo si pueden.

El tormento psicológico, los pocos recursos utilizados (tanto actoral como material) y la simpleza de un guión contundente, que al final se torna algo forzado y difuso, plasma un excelente puntapié charrúa para un género que no deja de sorprender.