La aparición

Crítica de Iván Steinhardt - El rincón del cinéfilo

Pobrecito. Pobre el género del terror, con lo que le costó ocupar un lugar de reconocimiento a lo largo de los años. Se produjeron varias obras maestras, pero pocas pudieron pasar las barreras del círculo de espectadores al que se circunscribe, logando admiración y respeto de parte del resto del público, por ejemplo “El exorcista” (1973), “Alien” (1979), “Pesadilla en lo profundo de la noche” (1983), “La llamada” (1998), “El resplandor” (1980). Fíjese qué títulos. Claros exponentes del cine de terror que, además de haber hecho carrera, se convirtieron en referentes para los realizadores que vendrían después.

Por si fuera poco, el año pasado “Scream 4” de Wes Craven arranca con 20 minutos magistrales en los cuales vimos un repaso básico de cómo se hace una película de este estilo, y “Destino Final 5” (2011) daba cátedra de cómo utilizar a favor los golpes de efecto, además de cerrar la saga con un guión que involucraba a otras. Sin embargo, ambas son secuelas.

¿Qué queda entonces?

Aparentemente resignación.

Por un lado, porque lo bueno que se hace en el país del norte es independiente (casi todas las producciones de terror lo son) y no llegan a tentar a los distribuidores locales, por otro, porque lo poco que llega apenas si supera el techo de lo regular.

“La aparición” es un ejemplo de lo segundo. Empieza con un montaje de found footage (¡hasta cuando, me cachendié!), simulando que en los ‘70 alguien filmó en super 8 una sesión de espiritismo donde se mueven la mesa y otros objetos en forma violenta ante la atenta sonrisa de todos los presentes. Si ellos se ríen de lo que pasa ¿qué se supone que debemos hacer los espectadores?

Sigo.

De esta sesión queda una foto del grupete en la cual se ve la sombra de un tal Charles. ¿Quién es; por qué anda dando vueltas; qué busca o por qué se la agarra con los muebles? Nadie se molesta en explicarlo en profundidad. También, ¡quién nos manda a andar preguntando cosas en la época de efectos especiales! ¿Quiénes nos creemos que somos, ¿eh?

No parece creíble que los dueños de una universidad permitan que los chicos intenten traer a Charles con tecnología actual, enchufando cuanta cosa tienen a mano. Se ve que allá no tienen problemas con la factura de luz.

El experimento sale mal (o bien, según como se mire) y tendremos fantasma para rato. Este en particular vino del más allá con un GPS, porque se las arregla para encontrar a Ben (Sebastián Stan), que pretendía retirarse de esta práctica para irse con Kelly (Ashley Greene), una muchacha a quien convenientemente no le dice nada de todas estas cosas. ¿Para qué arriesgar noches de lujuria hablando de fantasmitas? La cosa se pone fea porque Charles se hace más fuerte si absorbe individuos incrustándolos en las paredes. Una especie de ósmosis del ladrillo. Terrorífico.

Greene, de todos modos, es tan expresiva como una pared pintada de blanco, y como el resto del elenco, no se queda atrás. Nos esperan diálogos más cercanos a la parodia que a lo creíble. El director (Todd Lincoln) está muy ocupado en enfocar manchas de humedad en la pared (que representan la presencia del mal), así todos nosotros nos enteramos de antemano y esperamos a que los protagonistas se den cuenta. Usted preguntará: ¿Cuando les cae la ficha se van de allí? No. ¿Compran lisoformo al menos? Tampoco. Yendo en contra de toda lógica llaman a Patrick (Tom Felton), el pibe que causó todo este encordio ectoplasmático.

Basta.

Ya me lastimé demasiado recordando estos minutos desperdiciados. Yo que usted alquilaría uno de los clásicos hasta que venga mejor material.