Kingsman, el servicio secreto

Crítica de Ulises Picoli - Función Agotada

Cóctel

La historia dice que antes de la aparición del mítico (Bond) James Bond el martini se tomaba revuelto y no agitado. Así de importante fue la irrupción de este personaje de Ian Fleming. Un héroe glamuroso, seductor e inmortal, un ícono en cuanto al tópico de espionaje. Dicen las leyendas (y los fanáticos de la saga) que todo tiempo pasado fue mejor, y que su era dorada fue la más artificial. La aparición (y éxito) de Jason Bourne implicó la necesidad de aggiornarse, incorporando un tono más sombrío y crudo, llevando las circunstancias a lo terrenal: menos humor, menos fantasía. En mi caso, para ser sincero, siempre fui más amigo de El Superagente 86 (Get Smart) que de cualquier otro agente secreto. ¿A qué viene esta remembranza de espías? A que la presente Kingsman: El Servicio Secreto (Kingsman: The Secret Service) juega con todas esas variables. La sofisticación, las circunstancias imposibles, la fantasía, la parodia y la crudeza. En ese cóctel, Kingsman queda un poco agitado, y otro tanto revuelto. Disfrutable, aunque no logre mezclar todos sus elementos de manera homogénea para despegarse de la mera relectura de las películas de espionaje.

Está adaptación de un comic de Mark Millar (creada junto a Dave Gibbons) es llevada a la pantalla otra vez Matthew Vaughn. En 2010, su adaptación de Kick-Ass (de Millar también) lo había puesto en el mapa. Se entiende la repetición del director. Ambas comparten el mismo nivel de delirio, humor negro, crudeza y lectura del género. En Kick-Ass era el mundo de superhéroes. En ésta, los espías ingleses. Con un estilo fantasioso y desinhibido, se juega constantemente con la referencia de Bond, y en menor medida, la figura de Bourne. Consciente de su reflejo con el género de espías, se identifica y también se desmarca. Van a estar los gadgets de espionaje, el archienemigo caricaturesco, la organización ultra-mega-secreta escondida en un lugar ingenioso (en este caso un local de trajes).

Kingsman: El Servicio Secreto trata de desatar el espíritu juguetón y descontrolado al que no se atreve la saga del 007.
La cuestión es que cuando llegue al punto de repetir viejos esquemas narrativos, se esfuerza en romperlos mediante brutalidad, humor y autoconciencia. Kingsman: El Servicio Secreto trata de desatar el espíritu juguetón y descontrolado (con dosis de mortalidad y sorpresa) al que no se atreve la saga del 007. Y para eso era vital el malo de turno. Samuel L. Jackson encarna a un millonario, filántropo, ecologista, y monstruoso, lleno de particularidades: le da impresión la sangre, tiene un problema de habla y es groncho como él solo. La falta de sutileza del personaje de Jackson es la medida del film: los chistes son groseros, los contrastes son obvios y el esquema del relato está calculado (aún en los puntos donde debe sorprender). Parte de esto es culpa de la repetición del esquema Kick-Ass. Otra de Matthew Vaughn, un director que demuestra similitudes con su compatriota Guy Ritchie en su regodeo en la canchereada visual, la brocha gorda, y la dirección acelerada para imponer vértigo. No es que todo esto sea malo per se, pero toda esa energía puesta en romper el molde expone el sistema, y aligera el impacto de la originalidad buscada. Aún así, Kingsman: El Servicio Secreto no falla en entretener, exponiendo lucidez respecto a su relectura de Bond y el poder reinante en el mundo. Y por si fuera poco, en el final, entrega una explosión catártica de bellísima anarquía.