Karakol

Crítica de Alejandra Portela - Leedor.com

Un llamado telefónico en medio de la noche y un hombre que se levanta de la cama para atenderlo; Clara se despierta y, sigilosamente, va tras sus pasos. Es un inicio que se postula ya envuelto en una sospecha, ambos mantienen un diálogo frío y distante que marca un tono general de allí en más. También podría leere como cuidada en sus diálogos.
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Saula Benavente, realizadora de la sugestiva Karakol, que se estrenó ayer en Cine.ar había escrito y dirigido en 2010 El cajón, una película muy poco vista que resultaba al menos curiosa (y que vi en un dvd!), luego codirigió con Inés de Oliveira Cézar, el documental Gule gule, crónicas de un viaje (2015) rodada en Francia y Estonia. Antecedente de viaje tal vez. Productora de películas de la directora de la excelente Baldío, Benavente participó este año de la producción de Bernarda es la patria, estrenada hace un tiempo también por streaming y comentada aquí. Toda una serie de films que dan garantía de calidad técnica y de guión
Karakol, que resulta su tercer film como directora es una película sobre un mapa poco frecuentado últimamente en el cine argentino: el de las familias adineradas que viven en enormes y ricas casonas. En medio de un cine argentino que desde hace décadas está más atento a problemáticas de la clases media y baja, Karakol se presenta como una rara avis, no por eso menos atendible.
El padre acaba de fallecer, la madre (la francesa Dominique Sanda) y los tres hijos reciben la visita circunstancial de la tía (Soledad Silveyra) y comienzan a transcurrir un luto por esa muerte fundante: “hace tres semanas que no paro de llorar” dice Clara (Agustina Muñoz). Ella hará un pequeño descubrimiento en uno de los cajones del escritorio de su padre, y emprende un viaje primero interno, luego real por otro mapa, un territorio de algún país remoto, lindante con la frontera china. Parece obligada a descubrir algún secreto al que se resiste, pero le atrae, pero forma parte del duelo. Toda esa primera parte en Buenos Aires supone una pintura de personajes muy concreta que el guión plantea con claridad y sin dejar puntas abiertas. Se anuncia incluso la presencia de ese “sobrino” que vive en Paris y que llama todos los dias. Clara se pondrá a investigar por alguna razón que se irá develando luego dónde queda un lago llamado Karakul, también Kara-Kul o Qarokul y la excusa de un casamiento en Estambul (bello plano general con Hagia Sophia logra la siempre inteligente fotografia de Fernando Lockett) le hace hacer ese viaje hasta la cordillera del Pamir en Tayikistán, un lugar a 3.900 metros sobre el nivel del mar. Allí transcurre la segunda parte del film.
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Cerca de este lago, en un paisaje muy parecido a la Patagonia, Clara resolverá o intentará contestar la pregunta que se hace al inicio: ¿cuándo un secreto se convierte en traición?, pero también reconstruirá parte de la historia de vida d su padre y la película hará ahí un giro previsible pero bien resuelto. Atención a la música de Gabriel Chwojnik que acompaña ese universo de Clara con un diseño realmente notable.
¿Cuántas películas argentinas están filmadas en países tan lejanos, con la libertad y justeza en el guión como Karakol? sabemos del un enorme esfuerzo de producción que supone. Me acuerdo de Venezia, del cordobés Rodrigo Guerrero, filmada íntegramente en la ciudad italiana; o las películas de Pablo César, con sus películas africanas. Aquí se suma la pelicula de Benavente, que produce aquí con Albertina Carri y Diego Schipani.
Un film de factura milimétricamente cuidada desarrolla dignamente las preocupaciones centrales de la dignitas humana: la muerte, el dolor y el viaje como temas transformadores.