Julieta

Crítica de Jorge Luis Fernández - Revista Veintitrés

Adaptación de tres historias de la Nobel canadiense Alice Munro, el vigésimo film de Almodóvar iba a tener como protagonista a Juliet Henderson en Vancouver, pero el manchego arrugó y jugó de local en la seguridad madrileña: una pena, porque su debut angloparlante lo hubiera forzado a soltar el rimbombante camp para focalizarse en una historia de naturaleza ascética. Lo almodovariano surge de entrada, con un aparente telón rojo carmesí que referencia a Hable con ella, y cuyas ondulaciones resultan los movimientos de la blusa de Julieta. Grandinetti como Lorenzo, marido de la protagonista, es otra referencia al exitoso film de 2003 que refuerza la estrategia de conexiones, externas e internas, usadas por Almodóvar para amplificar el secreto de la protagonista. En el rubio de Julieta (Suárez) hay más referencias, tintes de Kim Novak en Vértigo, y la alusión hitchcockiana es un indicio del misterio de la mujer, que se desarrolla dentro del film con una implosión de escritos y flashbacks. A punto de partir a Portugal con Lorenzo, Julieta descubre que tiene asuntos irresueltos en Madrid donde, al visitar su viejo departamento, la memoria la devuelve treinta años atrás, y la película se abre como una serpentina. La joven Julieta (Adriana Ugarte) conoce en un tren a Xoan (Daniel Grao), queda embarazada y da a luz a Antía (representada por dos actrices, lo que muestra las capas del film). Pero en el medio queda enredada en la complicada vida de Xoan, que acababa de perder a su esposa y no escatimaba en amantes. En el rol de Lorenzo como espía de su mujer se objetiva una ventana, la curiosidad del espectador. El misterio de Julieta tarda en revelarse; hay cosas de La piel que habito como de Hable con ella. Es un Almodóvar ambicioso y no lineal, que, aunque placentero, se mueve mejor en su elemento de labios carnosos y tacones lejanos.