Julieta

Crítica de Alejandro Castañeda - El Día

Atrapante melodrama sobre el amor, sus secretos y sus pérdidas

El dolor no siempre une. A veces, rompe y separa todo. Algo de esto nos dice este Almodóvar, menos juguetón y más trágico. Apeló a tres relatos de la canadiense Alice Munro, para meterse dentro del alma de esa madre que, tras la muerte de su esposo, siente que se quiebra la relación con su hija. Julieta se muda y encuentra como alivio una nueva relación, pero vive penando tras esa hija que, sumida entre preguntas y dudas, ha elegido la distancia como la única forma de poner lejos su pena y su decepción.

“Julieta” es un melodrama estupendamente contado, algo frío, al que quizá le falta lo que en Almodóvar antes sobraba: la fuerza y el desparpajo de ir más allá de lo escrito para dejar a sus criaturas libradas a la suerte de un destino que les pedía estar en carne viva. Cine maduro, detallista, con un relato que a medida que avanza se abre a nuevas historias, con ese mundo almodovariano donde siempre hay lugar para la nostalgia (los personajes se envían cartas) y los afectos ocupan el centro de esta película construida sobre el dolor que provocan las partidas. El suicidio en un tren, el desafío de meterse en el mar después de una disputa, la decisión de marcharse bien lejos para empezar otra vez, todo ese mundo de viajes hacia dentro y hacia afuera le dan clima y sentido a este melodrama que no es redondo, pero que tiene momentos soberbios (toda la secuencia del tren es deliciosa) y dos actrices fenomenales que le dan a Julieta el rostro, la belleza y la intensidad de un ser que aprendió desde la cultura griega, que ella enseña como docente, que el fatalismo siempre envuelve a los seres que cruzan del amor al dolor, entre soledades y reproches.

Desde una estructura clásica, Almodóvar organiza un espacio dramático donde el amor se disfruta y duele, donde los seres se expresan y se mueren, un film entrecruzado por enfermedades, dolencias y secretos que acechan la felicidad y que obligan a sus personajes a repensar constantemente su lugar, sus afectos y su futuro. Julieta un día tomará conciencia de lo poco que conoce a sus seres queridos (hija, padre, esposo, nuevo amigo) y que no tiene otro plan que inventariar sus ausencias y pedirle explicaciones a un destino que la fue dejando cada vez más sola y más pendiente de sus recuerdos.

Una historia expuesta de manera clara y rotunda, que atrapa con su desarrollo y seduce con su envoltura. La escena final cierra (¿o abre?) el trágico círculo: en un auto tan pequeño como su esperanza, Julieta se pone en camino, mientras las estrofas de Chavela Vargas -“Si no te vas/te voy a dar mi vida”- nos recuerda que el amor es también un viaje, entre enormes montañas, hacia la ilusión y la incertidumbre.