Jackie

Crítica de Jorge Luis Fernández - Revista Veintitrés

“¿Cómo cree que me verá la gente?”, pregunta Jackie Kennedy a su padre confesor. Ellos son Natalie Portman, en un rol hecho a medida por algún sastre mágico, y él es John Hurt, meses antes de su muerte. El confesor le responde: “con tristeza, compasión… incluso deseo. Usted es aún una mujer joven”. Eso es lo que la actriz plasma (y el guión subraya en palabras) en la pantalla: una viuda desencantada con la vida pero aun así glamorosa en un grado superlativo. Obvio, nadie lo hubiera hecho mejor que Portman. Y lo mismo va para Hurt.
Minutos antes, Jackie observa: “Creo que Dios es cruel”. A lo que su confesor responde, con los brazos entrelazados por detrás: “ahora se está metiendo en problemas”. Es que tras todo el drama hay una Jackie juguetona, rebelde, una fanática del musical Camelot dispuesta a incorporarlo en la biografía de su marido.
Con saltos sutiles de edición, la mayor parte de la película transcurre entre el momento del magnicidio más famoso del siglo XX y la ceremonia funeral de JFK, y la película transcurre como esa marcha funeraria, densa, opaca pero lustrosa, con el porte de un semental multipremiado y las lágrimas inconsolables de Jackie. El guion de Noah Oppenheim es perfecto, así como lo son las borrascas y bruscas detenciones de la banda instrumental compuesta por Mica Levi. Fuera de ese momento congelado –donde la protagonista comparte su angustia con su mejor amiga, Nancy Tuckerman (Greta Gerwig) –, hay otro confesor aparte del padre católico, con un breve fast forward en el tiempo, y es el testimonio que Jackie otorga a un reportero interpretado por Billy Crudup, con el rostro y las expresiones más neutras y criteriosas que puedan verse actualmente en el cine. El reportaje es el que marca el tiempo del film, y es tan frío como un cronómetro.
El tercer y más relevante muro de contención es el que compone Peter Sarsgaard como Bobby Kennedy. Entre Jackie y Bobby se sacuden toda la bronca, el dolor y la indignación como dos dolientes en una guerra de almohadas. La ex primera dama se consuela recibiendo información sobre el magnicidio de Abraham Lincoln y otros presidentes que murieron jóvenes durante su mandato, como James Garfield (4 de marzo al 19 de septiembre de 1881). Incluso, pide datos de las exequias de aquel que abolió la esclavitud, para emular el mismo recorrido hacia el Capitolio, junto al féretro de su marido.
La dirección del chileno Pablo Larraín la sigue siempre por amplios pasillos, lujosos, kubrickeanos, espacios que tengan el suficiente aire como para contener la angustia de un grito latente. Jackie es una película de alto voltaje histórico, eso es innegable, pero Larrain se permitió hacerla al mismo tiempo necesaria.