Jackie

Crítica de Alejandro Castañeda - El Día

Es cierto que le falta intensidad y que la mirada algo superficial del chileno Pablo Larrain (que nos había defraudado con la convencional “Neruda”) le quita espesor trágico a una historia tan potente. Pero más allá de algunos reparos, el filme importa porque trae un curioso y atrevido retrato de Jackie.

Relata los cuatro días que van desde el 22 de noviembre de 1963, fecha del magnicidio en Dallas, hasta el funeral en Washington. Y va y viene en el tiempo. Retrocede para mostrarnos a una Jackie titubeante en una recorrida para la TV por la Casa Blanca; y avanza al verla, meses después de la tragedia, respondiendo a un periodista desde su residencia.

Larrain ha dicho que no quería hacer un documental, sino animarse a imaginar lo que pasó dentro del corazón y la cabeza de esa muchacha que parecía ser una figura decorativa pero a la que el dolor la va convirtiendo en una mujer con ciertas ínfulas de grandiosidad, resuelta y cambiante, deseosa por darle futuro al legado de su marido y decidida a prestarse a las exigencias de una posterioridad que también exige exponer cuidadosamente su dolor (como ese vestido con sangre), para que los asesinos -dice- “vean lo que han hecho”. ¿Fue sincera? “Parece como si al funeral lo hubiera hecho más para mí que para homenajear a Jack”, le dice al periodista. Un oscilante retrato de Jackie, ambiguo y contradictorio.

El filme no pierde interés porque cuenta un suceso inolvidable. Pero le falta garra y fuerza emocional. Natalie Portman compone una Jackie aniñada que, al corregir permanentemente al periodista que la entrevista, parece enseñar que toda existencia necesita secretos y correcciones. Larrain ha contado que su intención “no es explicar quién fue, sino acercarse a una narración emocional que nos permita estar dentro de ella”. Pero por supuesto no todo es imaginación. Están las lágrimas y la desesperación; la cruda y lograda reconstrucción de ese instante fatal, con la muerte en su regazo; el impresionante cortejo fúnebre; y el presidente Johnson y Bob Kennedy jugando su parte. Y asoma entre bambalinas el efímero resplandor del poder, que en pocas horas convierte a una orgullosa primera dama en el mito sufriente de un crimen que alumbró a una Jackie Kennedy desolada, confundida e inesperada.

En una de los paseos con el sacerdote que la consuela, Jackie escucha cómo Jesús le enseñó a un ciego que el sufrimiento puede ser una forma del aprendizaje. Esos balazos que cambiaron quizá el destino del mundo, sin duda cambió para siempre el alma de esta mujer ensangrentada que no abandonaría jamás la gran escena mundial. Tras ese tul que la cubre en la marcha fúnebre, asoma otra vez la olvidada Jacqueline Bouvier, una mujer distinta, que se sintió una Kennedy más, pero que después de la tragedia se lanzó a los brazos de Onassis para darle otro final a su vida.