Jack Reacher - Bajo la mira

Crítica de Martín Iparraguirre - La mirada encendida

Otra vuelta de tuerca

Jack Reacher

Los géneros cinematográficos dominan nuestra relación con el cine: cada fin de semana, la inmensa mayoría de las películas que se estrenan responde de alguna u otra manera a estos códigos de lectura que efectivamente son universales, ya que espectadores de culturas absolutamente disímiles suelen entenderlos como la forma natural que deben adoptar las películas. Un filme se juzgará así de acuerdo a su capacidad para responder o no a ciertos parámetros generales, que pueden determinar no sólo la forma de un filme, sino también sus tiempos, sus ideas, su construcción dramática, su estética, la actuación de sus intérpretes y hasta los modos civilizados de transgredirlo. Pero el género puede ser tanto un corsé como un espacio para la emergencia de la libertad, a partir de la apropiación personal que puede proponer un director: si bien Hollywood sigue siendo el que mejor maneja estos códigos, las obras más valiosas que viene dando son aquellas que consiguen repensarlos, ponerlos en duda, desnudar momentáneamente sus complicidades y su carácter artificial, tomarlos incluso en solfa si se anima. Porque el cine es una ventana al mundo, pero son estos movimientos los que permiten restituir la autoridad perceptiva (e interpretativa) del espectador, que constituye su derecho supremo.

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Aún películas menores como “Jack Reacher-bajo la mira” pueden hacer una diferencia. El segundo filme de Christopher McQuarrie (director de “Al calor de las armas” y guionista de “Los sospechosos de siempre”) es sin dudas un homenaje al thriller político y el cine de acción norteamericano de las décadas de los ´70 y ´80, pero al mismo tiempo presenta ciertos desplazamientos que alcanzan para poner sus códigos entre paréntesis e incluso construir una visión crítica sobre la actualidad del género, que no tiene por qué estar reñido con la reflexión. Los primeros planos del filme sugieren la inteligencia formal del director: los magistrales paneos aéreos de la ciudad protagonista (que servirán para dar cuenta de una forma existencial, un enorme ente colectivo compuesto por millones de vidas en continua interacción) serán seguidos por una sutil puesta en escena de sus peores pesadillas. Es que unos minutos después, la cámara adoptará el punto de vista de un francotirador: el lente se apropiará de la mira del rifle mientras el tirador mide a sus posibles víctimas. Cuando dispare, el montaje se alternará con el registro de sus consecuencias, aunque el uso del plano general no promoverá el morbo, como tampoco lo hará luego el director en el tratamiento de la violencia, de un realismo seco y carente de toda espectacularidad.

En cinco minutos, McQuarrie habrá dejado establecidas así las bases de la película, cuya candente actualidad no obnubilará el relato, más bien al contrario: bastarán unos minutos más para narrar la investigación y la detención del sospechoso principal, como así también la aparición del protagonista, el Jack Reacher del título (un Tom Cruise en su salsa), héroe paradójico si los habrá. Ex combatiente de Afganistán e Irán, condecorado con los máximos galardones, a partir de cierto momento el hombre se ha borrado del mapa y permanece como un oscuro justiciero individual, que ha venido a saldar cuentas con un ex compañero de combate, aunque terminará investigando el caso para la abogada defensora (Rosamund Pike) del tirador. Y lo que descubrirá será una oscura trama de poder que mezcla a una poderosa corporación empresaria con las propias instituciones políticas norteamericanas, especialmente la Justicia: la irrupción del gran villano interpretado por Werner Herzog -que parece nacido para el papel- completarán el combo de referencias, citas y guiños (que van desde Kung Fu hasta “JFK”, “El padrino” o “Misión imposible”) que fundan la propuesta lúdica de McQuarrie, que hace del extrañamiento una forma de liberación.

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Porque nada hay más lejos aquí que el cálculo oportunista: McQuarrie apuesta a extremar las características del género para producir nuevos efectos, lo que permite construir no tanto un discurso explícito sobre el cine como un juego donde se puedan multiplicar las posibilidades, y donde el espectador acceda a otra visión de las cosas. Se trata de una operación sutil, que no está siempre lograda, pero va más allá de la mera parodia del género: si Tom Cruise se toma en solfa a sí mismo y a sus personajes típicos, nunca lo hace al punto de perder la seriedad del papel, como tampoco la película descuida la construcción del suspenso y la acción, aunque la emoción no está puesta en la explotación abyecta de la violencia, sino en la captación física de ciertos acontecimientos (ver la secuencia de persecución en autos). Otro ejemplo son los diálogos, que al modo de Tarantino se pueden alargar bastante más del estandar, y son capaces de contener tanto filosos intercambios de ritmo acelerado como parlamentos ampulosos al borde del ridículo. La clave, en todo caso, está en la libertad para tomar los usos y costumbres de un género y proponer un nuevo discurso, incluso hacer con ellos lo que se le antoje, componiendo de fondo una mirada sobre Estados Unidos que no es precisamente benévola.

Por Martín Iparraguirre (Copyleft 2013)