Invictus

Crítica de Marina Yuszczuk - ¡Esto es un bingo!

Si la vida fuera tan linda como el cine es capaz de mostrarla

Nelson Mandela sale de la cárcel y como presidente recién electo de un país que es un hervidero de resentimientos, desigualdad social, odios y pobreza, se pone el objetivo de hacer que blancos y negros puedan convivir más o menos pacíficamente, y de que se perdonen. Para esto va a usar el deporte y a hacer lo imposible por que el seleccionado nacional de rugby de Sudáfrica, los Springboks, ganen el próximo mundial. Esto no es la vida real, es una película de Clint Eastwood, y como tal, la composición está a la vista desde el comienzo: lo primero que vemos es un colectivo cruzando una calle, negros de un lado, detrás de un alambrado, y blancos jugadores de rugby del otro (no solamente negros y blancos sino también pobres y chicos de clase media-alta, pero eso aparece sólo como un subtema en la película). La tarea de Mandela es en buena medida que esos mismos cuerpos blancos y negros puedan estar juntos en el mismo espacio. Desde ese primer plano hasta el final, Invictus cuenta la historia de ese acercamiento fraguado –en la ficción- por un hombre.

La figura de Mandela –Morgan Freeman, sí, envejecido y frágil, con voz en off que recita poemas y todo- articula a los dos grupos porque él es el primero en acercarse a los blancos de diversos modos: habla con los funcionaros blancos del gobierno saliente y los invita a quedarse, consigue guardaespaldas blancos, se acerca a Francois Pienaar (Matt Damon), el líder de los Springboks, para compartir los secretos del liderazgo. Invictus es en cierto modo un homenaje a él, pero el relato más importante de la película pasa por mostrar cómo, por ejemplo, los ocho guardaespaldas del presidente –cuatro negros y cuatro blancos- sienten la misma incomodidad, la misma molestia física cuando se ven amontonados en un cuartito estrecho de la casa de gobierno, y cómo en cambio, a medida que los Springboks ascienden en la tabla de posiciones del mundial y el entusiasmo compartido va limando las diferencias, terminan jugando juntos al rugby en un jardín. Eastwood pone el foco en la mezcla, insiste sobre eso, y así construye una de las escenas más conmovedoras en la que se muestra a los Springboks entrenando con los chicos negros y pobres de una villa, todos sonrientes y divertidos después de la hostilidad y la desconfianza iniciales.

Como verán, el grado de candor de Invictus es altísimo. Altísimo. Son muchos los momentos calculadamente emocionantes de la película, desde la visita de Francois Pineaar a la celda donde estuvo Mandela hasta la multiplicación final de planos de la tribuna de Sudáfrica durante el Mundial, con blancos y negros agitando banderas y festejando a la par, y para algunos serán insoportables. Por otra parte, como en cualquier relato –por más “basado en hechos reales” que esté- es mucho lo que se soslaya. La cuestión de apelar al sentimiento nacionalista para unir a blancos y negros en una misma causa deja afuera otros temas que aparecen sólo al pasar, como la imagen de las villas de chapas donde viven los negros, o la extrañeza de la familia de Pineaar cuando les llegan boletos de avión de parte del presidente para ir al Mundial y se dan cuenta de que la excursión incluye a la sirvienta negra (pero la película no es tan inocente como podría parecer a primera vista, por algo se hace cargo de estas cuestiones).

Es en estos aspectos donde Invictus se aparta en buena medida del realismo que algún espectador ingenuo podría esperar de un relato que esté basado en hechos reales (podría esperar, digo, porque hace tiempo que se sabe que una cosa no tiene nada que ver con la otra). A Eastwood no le importa tanto mostrar la realidad como construir un relato utópico, de un utopismo que cobra fuerza por el hecho mismo de hacer base en la historia. El relato de Invictus no tiene matices, y en cambio tiene tanto de blanco y negro como los personajes que quiere acercar: es bueno convivir y perdonarnos, es malo ser prejuiciosos con el que es diferente y guardar rencor por el pasado. El carácter simbólico al que aspira el relato está condensado en una de las últimas imágenes, un plano cerrado sobre una mano blanca y una mano negra que sostienen juntas la copa de la victoria. Habría que pensar si esa falta de matices y esa simplificación no serán siempre intrínsecas y necesarias al símbolo y a la utopía. No importa preguntarse si la realidad es tal como la muestra la película porque Invictus es más una proclama que un reflejo de nada, y porque de todos modos el espectador atento puede sentir, cuando sale da la sala en la que asistió a una verdadera fiesta -con un rugby filmado maravillosamente, puro sudor, gruñidos y cuerpos pesados-, que la realidad es diferente, y que tal vez en la amargura de esa constatación se cifra todo el potencial utópico de esta película.