Invasión

Crítica de Brenda Caletti - CineramaPlus+

RECUERDOS QUE SE VUELVEN VOCES

Hace 77 años, Orson Welles y varios colegas de su compañía Mercury Theatre revolucionaron la radio a través de la representación por la cadena CBS de La guerra de los mundos, una adaptación de la obra de H.G. Wells. A pesar del tiempo y del avance de la tecnología, el encanto de un estudio de grabación permanece intacto: la fuerza de una voz o varias y su capacidad para convencer; para persuadir a su audiencia tanto de una invasión de alienígenas como de un ataque de tropas militares. O, por lo menos, así lo demuestra el inicio de Invasión, donde varios testigos detallan sus sensaciones y pensamientos sobre la operación militar perpetuada por Estados Unidos a Panamá el 20 de diciembre de 1989.

La invasión fue denominada por los comandos norteamericanos como “Operación Causa Justa” y tenía como propósito capturar al gobernante de facto panameño, general Manuel Noriega, acusado por el gobierno de George Bush padre, de estar relacionado con el cártel de Medellín. Finalmente, el 3 de enero de 1990, Noriega se entregó de forma voluntaria y viajó a Estados Unidos para ser juzgado.

Si bien el documental del panameño Abner Benaim refleja un acontecimiento histórico que genera ciertas polaridades dentro de la población, está lejos de establecer un pensamiento unilateral o revisionista. Por el contrario, se percibe un gran trabajo de investigación a partir de la recopilación de gran cantidad de material y el uso múltiples recursos que permiten una mirada fresca y abarcativa. Por ejemplo, un pequeño intercambio de opiniones entre una joven que trabaja en un hotel y un hombre que pasa por la calle mientras graban. Él dice que gracias a Estados Unidos, Panamá tiene un gobierno democrático, mientras que la chica le cuestiona que prefiera responder a los “gringos”.

Porque de eso mismo se trata la película: no sólo recoger declaraciones de quienes vivieron o, mejor dicho, sobrevivieron la invasión, sino también crear una memoria colectiva. Entonces, allí conviven evocaciones como “recuerdo el sonido que, supongo, ningún panameño va a olvidar: las bombas” como también el pedido de no reflotar el tema porque el pueblo ya sufrió por ello.

En efecto, a través del descarte del material de archivo como audios o fotografías y, en su lugar, el uso de múltiples declaraciones de personas de distinta edad, rango social o profesión, el director genera un grado de cercanía mayor y habilita otras lecturas. Lo mismo sucede con la presentación de sitios claves, como las ruinas de la casa de Noriega o del sitio donde estuvo resguardado antes de entregarse.

Uno de los recursos que más utiliza Benaim es la exhibición del detrás de cámara: los preparativos para simular el incendio de una casa, el traslado o disposición de los cuerpos o cómo alguien se arrastraba por la tierra. Y esas escenas se resignifican a través del desdoblamiento. Esto quiere decir que, por un lado, agrupa el trabajo de pre producción y, por otro, el de postproducción y los coloca en momentos muy diferentes generando un efecto mucho más enfatizado.

La invasión, entonces, se presenta como el fin de una dictadura o un acto de asesinato premeditado pero dentro de esa brecha se posiciona como algo mayor; no sólo como un parámetro para éstas y las próximas generaciones que confunden la historia, sino como una manera distinta de mostrar esos cuerpos a partir del zigzag de quien pasa sin verlos y que, aunque se desconozca la cifra oficial de fallecidos, alguien se detenga un instante para volver a reparar en ellos.

Por Brenda Caletti
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