Inseparables

Crítica de Gaspar Zimerman - Clarín

Las diferencias sirven para unir

Protagonizada por Oscar Martínez y Rodrigo de la Serna, esta remake de un éxito francés cuenta la amistad entre un millonario tetrapléjico y uno de sus cuidadores.

Era cuestión de tiempo para que la etapa ecologista de Hollywood -que, entre remakes, reboots y prolongación ad infinitum de las franquicias, vive del reciclaje- llegara a la Argentina. Si aquí el fenómeno no es frecuente -no sobran los ejemplos recientes, más allá de los reinicios de las sagas de Bañeros y los Superagentes, y la remake de La patota-, el caso de Inseparables es más raro aun, porque es la adaptación local de una producción extranjera. Hablamos de Intouchables, de Olivier Nakache y Eric Toledano, que se estrenó en 2011 y se convirtió en la película francesa más taquillera de la historia a nivel mundial (aquí se llamó Amigos intocables y no fue un éxito descomunal: la vieron 122 mil personas).

Ante una remake, lo primero que aparecen son las comparaciones con la película original, y en este sentido la versión de Marcos Carnevale supera la prueba. En realidad, es casi una réplica escena por escena de la francesa. Por lo tanto, no parece haber enfrentado grandes dificultades de adaptación: esta es una comedia dramática de una pareja dispareja que podría suceder casi en cualquier parte del mundo (de hecho, se viene la versión hollywoodense, protagonizada por Bryan Breaking Bad Cranston). Está basada en la historia real de una amistad impensable, entre un aristócrata millonario que quedó tetrapléjico a raíz de un accidente (Philippe Pozzo di Borgo), y uno de sus cuidadores, el argelino Abdel Yasmin Sellou. Para traerla a Buenos Aires, basta con ubicar al rico en un palacete cercano a la Plaza San Martín y al pobre en un monoblock de Villa Lugano, agregar algo de cumbia, y no mucho más.

Si había un desafío, ése era empardar las actuaciones de François Cluzet y Omar Sy, que dotaron de credibilidad, calidez y sentido del humor a la película francesa. La vara estaba alta, pero no tanto como para que Oscar Martínez y Rodrigo de la Serna, dos de los mejores actores argentinos de la actualidad, fracasaran en el intento. Ambos se lucen: Martínez -sin mover más que la cabeza y el rostro- como ese hombre frontal, ácido y carente de autocompasión que se adapta con valentía a su confinamiento a una silla de ruedas y su dependencia de terceros; De la Serna, como ese bruto y cordial pícaro criollo.

Como ocurría con la original, Intratables camina por la cornisa de la sensiblería pero no se cae. En ese intento por, además de divertir, emocionar y dar una lección de vida, algunas escenas rozan la llama de la cursilería, pero la película no se quema y termina cumpliendo su objetivo sin golpes bajos. Dicho todo esto, cabe una pregunta casi retórica: ¿qué motivos, más allá de los económicos, justifican la existencia de esta versión argentina? La respuesta queda a cargo de los espectadores.