Implosión

Crítica de Felix De Cunto - CineramaPlus+

El 28 de septiembre del 2004, el nombre de Carmen de Patagones –una tranquila ciudad al sur de la provincia de Buenos Aires, a orillas del Río Negro– llega a las primeras planas debido a un desagradable episodio que se grabaría como un estigma lacerante en la memoria de la comunidad. Un estudiante de 15 años identificado como Rafael “Juniors” Solich ingresaba como cada mañana al establecimiento educativo pero esta vez, con una pistola bajo el abrigo, con la que termina matando a tres compañeros e hiriendo a otros cinco. Una manera efectiva para sacudirle el nervio al espectador hubiese sido lo que el cine acostumbra a hacer con las películas basadas en hechos reales. Es decir, graficar la tragedia desde el minuto cero para intentar acercarse a los hechos tal como ocurrieron con alguna que otra licencia que suba el voltaje dramático. Elephant (Gus Van Sant, 2003) llevó al extremo esta idea al contemplar el horror provocado por los dos school shooters de la Masacre de Columbine con absoluta calma, baziniamente, alzando la cámara como el ojo insomne de una deidad gélida y deshumanizada. En este sentido, la distancia que separa a Implosión de la obra de Van Sant es enorme desde el momento en que el suceso está desplazado de la pantalla, es parte del pasado y con lo que se trabaja es justamente con su rezago, con el estrés postraumático. Rodrigo Torres y Pablo Saldías Kloster, víctimas reales del acontecimiento, son quienes ponen el cuerpo para llevar adelante un relato que los tiene interpretándose a sí mismos como lo que son hoy en día: dos adultos de treinta años que sobrevivieron a la masacre escolar más espeluznante del país y que deben convivir con el recuerdo, la bronca y la confusión que eso les genera. Esas emociones son volcadas a una ficción en donde los protagonistas trazan un viaje de Patagones a La Plata, más precisamente a la ciudad de Ensenada, con el objetivo de dar con el paradero de su victimario, quien se comenta, vive en el anonimato junto a su familia luego de ser puesto en libertad.

Tal como lo expresa el título, el movimiento físico presente en el largometraje –un recorrido a bordo de un vehículo que la hace encastrar en el género road movie– revela en su desarrollo efectos catalizadores. Más que una película de carreteras, Implosión abraza las derivas y los enrosques como espacios aptos para destapar las reacciones internas de los personajes a medida que se acercan o se alejan de su antiguo agresor. Entre fiestas, discusiones, bares y hoteles, lo que parecía innombrable comienza a descascarar los sentimientos brumosos con los que en realidad conviven. Mientras uno no tiene problema en contar lo acontecido a quienquiera que se les cruce, el otro se rehúsa a revelar su herida. El director Javier Van de Couter, por su parte, decide situarse entre la escasa distancia que los separa, bien cerquita de uno y del otro, en un estilo claramente documental. No es casual entonces que en este tire y afloje que va teniendo la relación entre Rodrigo y Pablo, acrecentado por el estado agotador que supone un trayecto de 1000km, la película se imponga como un buddy film, dejando la masacre en un segundo plano, incluso haciendo que se replanteen el por qué de su viaje. Hacia el final del periplo, la pulsión de venganza perderá su puntería; no su fuerza y como una bola de acero, la sangrienta mañana ocurrida quince años antes seguirá ejerciendo peso adentro de la mochila que el destino les ha hecho cargar.

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