Il solengo

Crítica de Delfina Moreno Della Cecca - Fancinema

LA SOLEDAD COMO COMPAÑIA

No hay una traducción literal para lo que significa “il solengo”. Los ancianos que narran este documental explican, una y otra vez, que el apodo le calza como anillo al dedo a Mario de la Marcella: fue un ermitaño, un solitario, un extraño, un excluido. Sin embargo, esta película no es solamente un documental respecto a un recluido social, sino también un film sobre cómo se construyen los mitos y las leyendas: a partir de rumores.

La película está estructurada a partir de las historias de diferentes ancianos de un pequeño pueblo de Italia que conocían a Mario: las distintas versiones respecto de sus orígenes -que nació en la cárcel porque su madre, cansada de maltratos, mató al marido, o quizás fue el padre de ella, o puede que Mario fuera un niño pequeño cuando esto sucedió, etcétera- se repiten a la hora de hablar sobre su vida. Sin embargo, nadie habla de su muerte, y a pesar de que no parecen haberle tenido mucha simpatía, los relatos tienden a tener un tinte apologético. Todos aclaran: “o al menos eso fue lo que se decía”. En este sentido, la narrativa del film está fuertemente conectada a la tradición oral del relato. Es en el acto de contar que los hechos y el folklore se convierten en una mezcla indistinguible.

El documental también imprime poderosas imágenes. Es lo que no muestran Alessio Rigo de Righi y Matteo Zoppis -los directores, en estrecha colaboración con la fotografía de Simone d’Arcangelo- lo que acumula un poder sugestivo. Mario nunca se materializa, su voz nunca es escuchada -al contrario que la opinión ajena sobre él- y, sin embargo, su ausencia es la constructora del mito y la leyenda sobre quién fue. Su vida se ha convertido en una investigación de índole antropológica que se repetirá cuando cualquiera de los entrevistados fallezca: la narración de sus vidas volverá a tomar proporciones míticas, tal como sucedió con Mario.

Debido a la naturaleza incierta de su llegada a esta vida, puede decirse que nació, creció y vivió rodeado de rumores. Su madre, de quien se decía que era una bruja -o al menos, que estaba un poco loca-, le dijo que no confíe en nadie y que hablar traía mala suerte. Esto es algo que todos saben porque se cansó de repetirlo a quien la escuchara, y quizás haya sido esa la razón por la que Mario detestaba la compañía de otras personas, y tuviera exabruptos violentos cuando se le hablaba. El documental se detiene en la vida que llevan los lugareños y en las dificultades a las que se enfrentaba Mario debido a su impuesta condición de ermitaño: vivía en una cueva y fabricaba sus propios muebles y herramientas para sobrevivir.

La misma pregunta se mantiene a lo largo de la película: ¿por qué eligió ese modo de vida? Muchos aventuran una respuesta (“lo que pasó con su madre lo dejó mal de la cabeza”, “era un salvaje”, “estaba loco”), pero pocos probablemente hayan acertado. El film muestra la cueva de Mario como un refugio, un lugar de seguridad. En el caso de Mario, puede que su reclusión haya sido un modo de supervivencia, una forma de alejarse de los comentarios y rumores que rodearon siempre su existencia. La cueva ya no sería ese lugar del que hay que salir, sino un espacio seguro donde resguardarse de las sombras que arroja el mundo exterior de los hombres.

En definitiva, nunca sabremos la verdad aunque Mario se levantara de entre los muertos para explicárnosla: los humanos no podemos entender realidades que no hemos vivido. Podemos tener empatía con ellas, pero no terminar de comprenderlas. Porque, en palabras de uno de los ancianos, no podemos saberlo todo.