Hotel Transylvania 2

Crítica de Juan Ignacio Novak - El Litoral

El lado luminoso de los monstruos

La génesis de Drácula y la del cine se remontan casi a la misma época. 1897 el primero, 1895 el segundo. Y desde entonces, sus caminos se cruzaron un montón de veces. No es casual que el conde de Transilvania sea, junto al también decimonónico Sherlock Holmes, uno de los personajes de ficción que más veces pasaron a la pantalla grande. No siempre con la misma fortuna, pero con hitos como los que ofrecieron F.W. Murnau (aunque no oficialmente, en su modélica “Nosferatu”), Tod Browning, en la inaugural adaptación de la Universal de 1931, Terence Fisher con Christopher Lee en una aterradora interpretación y Francis Ford Coppola en la desaforada película de 1992.

Con todos estos antecedentes bien frescos, lo primero que hay que señalar es que la versión del vampiro creado por Bram Stoker que se ofrece en la animada “Hotel Transylvania 2” (al igual que en la primera, que es de 2012) merece un lugar destacado. No sólo posee una mirada refrescante y divertida sino que como parodia funciona mucho mejor que, por ejemplo, el flojo intento de Mel Brooks rodado en 1995, con Leslie Nielsen como protagonista. Con el agregado de que coloca al lado de Drácula, a modo de partenaires, a otros monstruos famosos como Frankenstein, la Momia, el Hombre Lobo y el Hombre Invisible, también caricaturizados con talento.

Es cierto que en esta segunda entrega se repiten casi al pie de la letra algunas de las ideas que ya formaban la columna vertebral de la primera. Pero esta vez, los creadores lograron imprimir mayor agilidad a la historia y sobre todo incorporar una serie de gags que funcionan a la perfección. Ahora, el conde Drácula tiene un nieto, fruto del matrimonio (no del todo aceptado por el vampiro) de su hija Mavis y Jonathan, pero sufre porque no sabe si en él aflorará el instinto monstruoso de su linaje, o por el contrario será del todo humano. De las argucias que lleva a la práctica, secundado por sus colegas, para espolear el “lado bestial” del pequeño Dennis (o “Dennisovich” según su abuelo) los guionistas Adam Sandler (quien en el doblaje original se reserva el papel principal) y Robert Smigel obtienen los mejores momentos del filme. Y justo cuando se comienza a volver reiterativo, tienen un as en la manga: la aparición en escena del viejo Vlad, padre de Drácula. Un triunfo.

Guiños

Para diseñar a este Drácula, la materia prima, usada ya en la primera parte, es la caracterización del actor húngaro Bela Lugosi en la versión dirigida por Tod Browning en 1931. Los “lugosianos” (entre los que se cuenta el autor de estas líneas) disfrutarán de las parodias que se hacen del marcado acento de Europa del este, la amplia túnica negra (un caso de fetichismo), el pelo oscuro peinado hacia atrás, siempre intacto y los movimientos artificiosos.

Al igual que en “Monster Inc.” (2001), de la cual “Hotel Transylvania” en sus dos capítulos es deudora en su arquitectura, hay un sucinto catálogo de los monstruos que poblaron las infancias de varias generaciones. Pero a diferencia de aquélla, donde los realizadores contaban con total libertad para delinear a los “asustadores”, aquí deben ceñirse a la mitología, mejor dicho a la ontología, de cada una de las criaturas. Y precisamente gracias a la subversión de esos códigos arraigados en la cultura popular se provocan muchas de las risas más sinceras.

Un consejo, dirigido sobre todo a los adultos que asistan (como acompañantes o simplemente para soltar al “niño interior”): no abandonen sus butacas hasta que se enciendan del todo las luces. Los créditos finales, al ritmo del pegadizo hit “I’m In Love With a Monster”, de Fifth Harmony, con una historia corta animada en 2D, son imperdibles.