Historia de mi nombre

Crítica de Cristian A. Mangini - Funcinema

ROAD MOVIE DE LA MEMORIA

Historia de mi nombre de Karin Cuyul es una búsqueda de identidad sin respuestas concluyentes, pero hace de esa búsqueda íntima, tan íntima como un nombre, una radiografía social de la transición democrática chilena desde la voz de la protagonista. Hay una imagen que se repite que es el marco de la ventana del auto, un refugio que le da “seguridad” a la protagonista, acaso porque su vida estuvo ligada al desplazamiento. Esa movilidad a través de los recuerdos y los pueblos y ciudades donde vivió es el corazón de este documental tan fresco como entrañable, donde la respuesta aparece en la búsqueda misma, mientras asistimos a un notable trabajo de archivo.

Y el proceso creativo comienza con el recuerdo de un hecho destructivo, un incendio. Esto desencadena la búsqueda de su nombre y porque lo comparte con otra mujer que fue detenida, torturada e interrogada en televisión abierta en 1987, Karin Eitel. Los recuerdos de conversaciones y fragmentos de memorias se entrelazan como indicios que la directora va uniendo, por momentos dudando del objetivo de su búsqueda y por otros desconfiando concretarla. No podría ser de otra forma cuando estos mismos indicios se presentan como espejismos o pistas falsas. En paralelo este viaje introspectivo encuentra un punto en común con su viaje hacia Queilén, Castro o Antofagasta, locaciones que guardan los recuerdos de distintas etapas de su vida. La carretera se presenta como una constante y la ventana del auto nos pone como espectadores en el lugar de la incertidumbre. Al mismo tiempo, este relato generacional que tiene en el centro el ocaso de la dictadura chilena y el histórico plebiscito nacional de 1988, adquiere solidez al acercarse a una respuesta parcial.

Y esta respuesta proviene del testimonio de sus padres, que develan su militancia en el Frente Patriótico Manuel Rodríguez y una convivencia compleja con el clima político en cada una de las localidades donde se establecieron. Si bien las palabras son magras, algunas conclusiones nos acercan a las razones de una vida dividida entre varias ciudades. El relato balancea la frialdad de datos e información histórica con imágenes del archivo personal que son vertebradas por el relato en off de Cuyul, que destila sensibilidad en cada reflexión. Hay en sus palabras un tono de resolución pero también de nostalgia y dolor. Este equilibrio entre la vida personal y el sismo generacional que implicó la transición a la democracia es la mayor virtud de Historia de mi nombre, incluso cuando quizá esa autorreferencia termina empantanando algunos segmentos.

Este documental, que constituye la ópera prima de su realizadora, demuestra frescura y madurez para hacer de un proceso catártico un relato generacional que trasciende a las preguntas y respuestas que hace.