Hambre de poder

Crítica de Leo Valle - Malditos Nerds - Vorterix

PANZA LLENA

La historia del hombre que construyó un imperio con ladrillos de hamburguesas.
Es particularmente irritante sentarse a ver Hambre de poder (“The Founder”) en el clima político y económico que nos toca vivir. Mientras que en los Estados Unidos la nación corporativa de Trump avanza en todos los frentes, en nuestro país tenemos que sufrir otro gobierno de CEOs coreado además por un grupo de fieles que hacen flamear la bandera de la tan infame “meritocracia” – que busca convencernos de que cada uno cosecha el fruto de su trabajo y que el pobre o poco exitoso lo es porque no se esforzó lo suficiente dentro de la voraz estructura del sistema capitalista.

Hay algo de esa falsa meritocracia (que se desentiende de un sinfín de indicadores económicos y sociales) en la última película de John Lee Hancock (“Saving Mr. Banks”) cuyo gran mantra es “nada es más común que hombres sin éxito pero con talento”, la frase del ex-presidente de los Estados Unidos Calvin Coolidge que Ray Kroc (Michael Keaton) se repite a sí mismo una y otra vez.

Coolidge asegura también que “nada en el mundo puede ocupar el lugar de la persistencia”. Ni el talento. Ni una idea. Ni siquiera la educación. Lo único necesario para triunfar y ser exitoso es seguir intentando. E intentando. E intentando. Persevera y triunfarás como respuesta a todo.

Y si existe alguien perseverante es el protagonista de la historia, un vendedor de batidoras de malteadas que es, cuando lo conocemos, pura labia y pocas ventas. Su discurso, que gira alrededor del concepto de que la oferta genera demanda a partir de la estimulación del mercado es sagaz, picante y prometedor, pero no parece convencer a los desinteresados dueños de restaurantes. La frustración, sin embargo, se convierte en curiosidad cuando en medio de la sequía de negocio recibe una llamativa orden desde California. Casi instintivamente, Ray se embarca en un viaje a través del país para ver con sus propios ojos este pequeño local que está salvando su empresa.

Por supuesto, al llegar al lugar de los hechos se encuentra con el McDonald's original, fundado por los hermanos Richard y Maurice McDonald (Nick Offerman y John Carroll Lynch) y queda maravillado de inmediato. Cosas que damos por sentado hoy son, a comienzos de la década del cincuenta, revolucionarias: los hermanos han desarrollado un sistema propio que les permite entregar los pedidos de inmediato (“¿Por qué esperar 30 minutos cuando podés tenerlo en 30 segundos?” explica Maurice), tienen un menú reducido que se consume directo de la bolsa en la que se entrega (reduciendo el costo fijo), y ofrecen un espacio ideal para toda la familia (que a diferencia de los desagradables adolescentes, no pasan horas haciendo quilombo sin consumir nada).

Los hermanos McDonald son la representación misma de lo que alguien alguna vez definió como “el sueño americano”. Richard es el cerebro de la operación, un perfeccionista desconfiado e introvertido sin demasiado tacto para las relaciones públicas, y Maurice es el corazón y la cara visible de la empresa. Bonachones y confiados, los hermanos invitan a Ray a conocer el funcionamiento del local (una cadena de montaje aceitada hasta el último eslabón) y le revelan no solo su historia, sino los detalles y secreto de su éxito – moderado pero suficiente según su propia visión del mundo.

Los McDonald son el talento.

Los McDonald son la idea.

Ray es la perseverancia.

Luego de convencerlos de convertir el restaurant en una franquicia, Kroc tarda muy poco en mostrar su verdadera cara y la película muta a una historia de ambición, avaricia y deslealtad empresarial que por momentos es dura pero a la vez atrapante. Como una película anti-guerra que resulta fascinante por su naturaleza cinematográfica y cuyo mensaje por momentos queda disuelto en medio de la acción, Hambre de poder podría girar alrededor del negocio de la comida rápida o de la industria textil y el atractivo de la historia sería el mismo.

Ray Kroc es una sanguijuela. El mejor y peor producto de la maquinaria capitalista, dispuesto a sacrificar valores morales y éticos en la búsqueda del éxito empresarial. Mientras que los hermanos intentan proteger la pureza de su producto, Ray prioriza las ganancias y la expansión que terminaron convirtiendo aquel pequeño restaurant, en el que cada detalle estaba controlado, en un imperio de comida tan rápida como industrializada. Como grita Richard en medio de una discusión con su hermano, dejaron entrar “un zorro en el gallinero”.

Sin embargo, como suele ser el caso de estos personajes, Ray no se identifica a sí mismo como el villano de la historia, sino simplemente como un idealista. Como alguien que consigue resultados. Y seguramente la película de Hancock (con guión de Robert Siegel) genere una cierta división en los espectadores: algunos lo verán como una figura inspiradora que confirma esta falsa idea de que solo es necesario un espíritu emprendedor para llegar a la cima, mientras que otros se sentirán asqueados por su maquinaciones y personalidad (que enmascara una clara inseguridad en una energía que parece no tener límites). Más de uno culpará a las víctimas de esas maquinaciones, como es tan común en una sociedad bastante enfermiza, por ser demasiado inocentes, por dejarlo entrar, por confiar.

Por la temática y el tono, se ha comparado mucho a Hambre de poder con Red Social (“The Social Network”). Pero por desgracia, John Lee Hancock no es David Fincher y Robert Siegel no es Aaron Sorkin.

El director pasa de construir planos chatos y faltos de dinámica a sentirse inseguro de sus propias decisiones y hacer cinco cortes en una toma de Ray mirando un mapa. El guionista, por su parte, pasea entre un intento de imparcialidad y la subjetividad extrema que subraya oprimidos y opresores en cada escena, sean esposas, colegas o el mismo Ray – y para colmo el guión hace un descarado intento de redención del personaje con un guiño que queda atrapado entre un monólogo espantoso y un epílogo aún más desesperanzador.

Michael Keaton como el inescrupuloso empresario está realmente impecable y confirma el excelente momento profesional que le toca vivir. El actor consigue combinar el nerviosismo, la charlatanería y la energía de Kroc con momentos de introspección acompañados de un sutil sentimiento de duda, producto de su clara inseguridad. Todo gira alrededor del "fundador", por supuesto, por lo que el resto del elenco se siente por momentos apenas incidental, pero aún así Offerman y Lynch tienen una excelente química como los hermanos McDonald, y las simpre confiables Laura Dern como Linda Cardellini (aunque poco aprovechadas) desarrollan al protagonista y casi que crean su propio paralelismo de la historia principal a través de sus personalidades.

Hambre de poder es una buena película, atrapante y disfrutable aunque cada tanto genere un disgusto genuino, ya que es imposible no empatizar con los hermanos McDonald y rechazar las sádicas prácticas del protagonista. Sin embargo, habrá espectadores que construyan su propia narrativa y le den a este caníbal empresarial el mote de emprendedor y justifiquen el título local. El guión por momentos se enrosca en cuestiones legales sin salir del todo bien parado y la dirección es apenas correcta, pero el buen elenco y la interesante premisa le alcanzan para mantener el ritmo y la calidad.