Guasón

Crítica de Nicolás Feldmann - Proyector Fantasma

El hombre que ríe
Como el villano más inherente al mundo de Batman, el Joker (el Guasón para el público latinoamericano) tiene su mayor atractivo en los misterios de su origen. Desde su primera aparición en 1940, el personaje nunca tuvo una razón real y contundente para con su locura, caracterizándose por ser la personificación más pura del mal sin lugar a muchas explicaciones. En muchas ocasiones fueron distintos autores los que se tomaron el atrevimiento de darle un contexto a su naturaleza errante, pero nada evita que estos posibles orígenes no sean una mera excusa para contar una historia ya preconcebida.

En lo que sí podemos estar de acuerdo es que el Joker no tiene una única respuesta para definir su comportamiento anárquico, como que tampoco se rige bajo ningún código moral ni ético para decidir sus acciones. Esto lo convierte en uno de los personajes más perturbadores que pueden existir en la ficción, encarnando el mayor temor de cualquier persona: la impredecibilidad. No existe nada peor que no poder leer a una persona, no poder entender ni anticipar de lo que es capaz un otro.

Intentar definir un punto de partida y una motivación en el Guasón — además de darle una identidad — es una tarea valiente, si se tiene en cuenta la gran base de expertos en el comic dispuestos a poner en duda cualquier tipo de decisión artística que no tenga su contraparte en la historieta. Pero más osado aún es intentar dotar de sentido a un ideal del caos que tampoco tiene explicación. Él no tiene razones para hacer lo que hace; ni siquiera desde lo más intrínseco como es el instinto de supervivencia, y eso es lo que lo hace más aterrador.

No obstante, el mero hecho de imaginar una posible génesis de este villano, de poder descubrir las razones detrás de la enajenación más radical, es un poco intentar comprender el mundo en el que vivimos. Ese mismo universo que el realizador Todd Phillips (más conocido por su trabajo en comedia y en la trilogía The Hangover) intenta explicar a la hora de situar este Joker como la consecuencia directa de una sociedad individualista y despiadada, a contramano de la impronta conservadora de toda saga de superhéroes dispuesta a falsear cualquier disrupción social como una amenaza al orden y al statu quo.

Por esta razón es que Joker (2019) sea probablemente una de las mejores re-interpretaciones de la esencia del personaje hasta la fecha, principalmente porque ya no importa de donde provenga el material de referencia, sino porque es en primer lugar un film sobre la desigualdad, sobre el abandono, sobre la violencia simbólica que produce marginados a escala industrial, que se vale de la profundidad de la historieta de DC para hacer su propio comentario.

Principios de los 80’ en Ciudad Gótica. Una especie de Nueva York en plena explosión del crack en donde los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. La basura se acumula en las esquinas debido a una huelga de recolectores de residuos, las ratas invaden las calles y los sin techo buscan refugio donde pueden. Arthur Fleck (Joaquin Phoenix), aspirante a comediante de stand-up y payaso de profesión, se prepara para comenzar su día de trabajo maquillándose frente al espejo, delineando su sonrisa roja mientras se le escapa una lágrima por la mejilla al mejor estilo del trágico Pagliacci italiano. Aquí no hay efectos especiales ni explosiones colosales ni raptos de perversidad innata, solo un hombre deprimido.

No es casual que la imagen del payaso — un símbolo de alegría aunque siempre bastardeado — sea la máscara ideal para escapar de sus fantasmas. Arthur toma siete tipos distintos de medicación y sufre de un trastorno mental que lo obliga a reírse incontrolablemente en situaciones de estrés. Una serie de carcajadas sin felicidad que se transforman en un grito de auxilio. También dice entre susurros que ya no quiere sentirse mal, que nadie repara en él, pero ni su psicóloga lo escucha.

Todos sabemos que Arthur se terminará convirtiendo en el Guasón dos horas más tarde, pero no existe manera de no empatizar con este hombre devastado. Phoenix hace un esfuerzo descomunal para ponerse en la piel de Fleck, llegando al límite de bajar de peso hasta lo enfermizo, ofuscando su postura y su cadencia al hablar, para terminar mutando en la forma de moverse y de reaccionar frente a los golpes que lo van llevando a la locura. Algo que remite a su personaje en You were never really here (2011), donde también interpretaba a un hombre que sufre las consecuencias de una sociedad que lo margina.

Su porte y fisicalidad es completamente opuesta a la de otras versiones del Joker, por lo cual resulta imposible y hasta innecesario tener que compararlo con los hitos creados por Heath Ledger y Jack Nicholson (el resto ni cuentan). Se podría decir incluso que en este caso vemos más a Arthur que al Joker, al ser humano que podría llamarse de cualquier otra manera y seguiría siendo igual de complejo.

Esta interpretación no se parece ni por lejos a lo que era el Guasón de Dark Knight (2008), el cual representaba más una idea de anarquismo caótico que a un individuo, como tampoco tiene la teatralidad exagerada de la versión de Tim Burton al pensarlo como la contracara perfecta de la solemnidad de Batman. Justamente la ausencia de un héroe que lo antagonice en esta historia es la razón por la que ni siquiera se lo podría considerar un villano, sino tan sólo una víctima.

Y es así que su enfermedad y sus propios traumas lo condenan, lo convierten en un sujeto incapaz de conectar con el mundo que lo rodea y lo desprecia, por más que intente encajar y ser normal.

La única persona en la vida de Arthur es su madre Penny (Frances Conroy), una mujer postrada para la cual no existe nadie mejor y más feliz que su hijo. Ambos viven en un edificio mugroso donde las condiciones son pésimas, pero es unicamente en esas noches de televisión con su madre que Arthur puede sonreír de forma genuina, soñando con algún día participar del programa de Murray Franklin (Robert De Niro), un viejo comediante de late-night al cual idolatra como una figura paterna.

El personaje de De Niro es claramente la última ficha en el rompecabezas de Joker, haciendo patente la gran influencia del primer Martin Scorsese a la impronta del film. Ya no sólo el fantasma de Travis Bickle de Taxi Driver (1976) se hace más nítido a la hora de compararlo con la discapacidad de emocional de Arthur, sino que sus anhelos de cómico son los mismos que el Rupert Pupkin de De Niro tenia en The King of Comedy (1983) con el personaje de Jerry Lewis, solo que aquí el guiño cinéfilo termina poniendo al veterano actor del otro lado de la obsesión.

Por otro lado, esta Ciudad Gótica es un lugar en pleno estado de ebullición, con manifestaciones y conflictos sociales que acompañan el espiral de violencia que sufre el protagonista en su vida cotidiana. La realidad ficticia se llega a mimetizar con la vida real a la hora de ver cómo surge un tal Thomas Wayne — millonario filántropo y padre de Bruce, quien eventualmente se terminaría convirtiendo en Batman — como la figura política que promete ajustar la economía y erradicar a los salvajes que generan disturbios en nombre de una mayor repartición de las riquezas. Un claro comentario a los distintas personalidades de derecha que vienen a banalizar cualquier reivindicación de derechos, pero que en cierto punto viene a cambiar también la forma en que vemos a ciertos personajes, por lo que no resultaría extraño empezar a ver a los Wayne como responsables de la desigualdad en Gotham y ya no como una familia aristocrática de generosos benefactores.

Es así que esta tensión política es un elemento que el film va cocinando a fuego lento, al mismo tiempo que Arthur comienza a ceder cada vez más frente a su alter ego desquiciado, hasta el punto de unir ambos planos en un mismo frente reaccionario. El Joker no cree en nada ni se embandera bajo ninguna consigna, y sin embargo, la misma sociedad que lo excluye es la misma que lo adopta como símbolo de resistencia. Algo que, parafraseando a Lucrecia Martel al momento de premiar la película en Venecia, no deja de ser remarcable, siendo la misma industria mainstream la que incita a reflexionar sobre los antihéroes y en donde el enemigo no es un hombre, sino el sistema.

Joker (2019) podría no ser considerada como una película de superhéroes, independientemente del origen del material de referencia, por el simple hecho de desligarse de la fórmula lavada y efectista de otros films basados en comics. Es una obra que destila personalidad propia y claras intenciones de decir algo por encima de la narrativa, a pesar de que en contadas situaciones llegue a perder la sutileza.

Todd Phillips (en conjunto con su co-guionista Scott Silver) logra resignificar de una manera cruda y visceral a uno de los personajes más emblemáticos de la cultura popular, gracias a la sublime dirección de fotografía de Lawrence Sher y un excelente desarrollo que transmite la fragilidad emocional del guasón en su proceso de transformación, a la par de una interpretación magistral de Joaquin Phoenix. Pero no por eso sin dejar de realizar una crítica social al mismo modelo individualista que se escandaliza más por la violencia en el cine que por la desigualdad y la falta de oportunidades.

Es probable que esta reflexión sobre las injusticias de un sistema brutal e implacable no genere ninguna revolución ni cambio de paradigmas, pero sí nos hace comprender por un momento que no estamos tan lejos del Joker y su locura como pensábamos.