Guasón

Crítica de María Bertoni - Espectadores

Cuando recibió el León de Oro en el 76º Festival de Cine de Venecia, Todd Phillips les agradeció a Warner Bros. y a DC Comics por haber abandonado “su zona de confort” con Guasón. Las palabras del realizador estadounidense son muy justas: la ocurrencia de dedicarle un largometraje a uno de los enemigos de Batman se convirtió en excusa para filmar una propuesta que trasciende el universo elucubrado por Bill Finger y Bob Kane, y adaptado ¿doscientas veces? para televisión, cine, videojuegos.

Joker se ubica bien lejos de la zona de confort de la usina de entretenimiento, tanto que se permite resignificar películas como El hombre que ríe de Paul Leni, Tiempos modernos de Charlie Chaplin, El rey de la comedia de Martin Scorsese; figuras emblemáticas como el mencionado Carlitos, Fred Astaire, el conejo de las pilas Duracell, ¿acaso Michael Jackson?; canciones como Smile, That’s life, Send in the clowns; las nociones de éxito y felicidad made in Hollywood. El guionista Scott Silver cuestiona incluso la presunta probidad de la familia Wayne –sobre todo de papá Thomas– y los pormenores del asesinato que provocó la bati-disociación del joven Bruce.

Guasón es una fábula sobre la violencia que el statu quo inocula en la sociedad contemporánea. “Nos dicen qué está bien y qué está mal, y qué es gracioso y qué no” sostiene el protagonista después de haber sufrido golpizas físicas y anímicas. Los medios auspician y reproducen humillaciones ejecutadas o avaladas en nombre de una falsa meritocracia que desprecia a los individuos “incapaces de hacer algo con sus vidas” según Wayne Sr.

Cuando desaparece definitivamente detrás de su alter ego, Arthur Fleck se convierte en líder espontáneo de esos “payasos” denunciados por el millonario grandote y prepotente como Donald Trump. Pero el malestar social que deriva en caos es anterior a la irrupción de este nuevo criminal en una Ciudad Gótica cubierta de basura e invadida por ratas gigantes.

Todd y Silver deslizan un ensayo político en el retrato de una criatura con peso propio, es decir, nunca condicionada por su vinculación con el Hombre Murciélago. Pronunciada sin un ápice de ironía, la reflexión “Nadie se pone en el lugar del otro” sintetiza el diagnóstico de individualismo patológico que se extiende más allá de los límites ficcionales de Gotham City.

Joaquin Phoenix le pone literalmente el cuerpo a esta víctima de ciudadanos menos o nada vulnerables y, peor todavía, de instituciones que desprecian y desechan a los más débiles. Sin dudas, éste el mejor trabajo de quien supo llamar la atención del público y de la crítica un cuarto de siglo atrás con el Jimmy Emmett que compuso para Todo por un sueño de Gus Van Sant.

La fotografía de Lawrence Sher y el equipo de maquilladores, vestuaristas, peinadores contribuyen a la caracterización de un personaje rico en matices e irreductible a la definición clásica de Villano. El arte de Laura Ballinger lo sitúa en una Ciudad Gótica ambientada a principios de los años ’80, más mugrienta y sórdida que en otras adaptaciones para cine.

Los fanáticos de El rey de la comedia aplaudimos a rabiar la conversión de Robert De Niro en una reversión más repelente del Jerry Langford que Jerry Lewis interpretó en 1981 bajo las órdenes de Scorsese. Asimismo, los seguidores de la serie Six feet under celebramos que se le haya confiado el rol de la madre de Arthur/Joker a Frances Conroy, es decir, a la actriz que durante cinco años se lució como la impredecible Ruth Fisher.

Phillips, Silver y Phoenix concibieron un Guason subversivo por donde se lo mire. Ojalá la usina de entretenimiento se mantenga –al menos con este personaje– alejada de la zona de confort, y evite transformarlo en protagonista de una secuela o, peor todavía, de una saga.