Gravedad

Crítica de Alejandro Franco - Arlequin

A veces las historias mínimas sirven como lienzos en blanco para que grandes directores hagan sus mejores pinceladas, y ello es lo que ocurre con Gravedad. El filme viene de la mano de Alfonso Cuarón, el cineasta mexicano que hizo madurar a la saga de Harry Potter - a través de la entrega dirigida por él El Prisionero de Azkaban (2004) -, y que en el 2006 se despachara con esa obra maestra que fue Hijos de los Hombres. Gravedad es la tercera incursión de Cuarón en el género fantástico y, como era de esperarse, se trata de otro filme excepcional.

He aquí una premisa típicamente hitchcockiana - un escenario minimalista en donde los elementos más insospechados se transforman en trampas mortales, y en donde la protagonista vive una situación de encierro permanente, esa trampa mortal llamada traje espacial, el cual la protege del inhóspito vacío espacial pero también se transforma en una burbuja letal en donde el oxígeno se consume mucho antes de lo esperado -, conducida de manera impecable. Todo el terror es mental, fruto del pánico sufrido por la protagonista al verse despojada de cualquier tipo de apoyo y debiendo resolver por sí sola una situación tan monumental como acuciante. Desde las interminables y claustrofóbicas tomas - que a Hitchcock le hubieran deleitado, como la secuencia inicial que dura cerca de 20 minutos, que se panea por las distintas naves y astronautas y que llega incluso a meterse en el casco mismo de Sandra Bullock - en donde la platea se contagia con su angustia y comienza a respirar agitadamente con ella el enviciado aire del traje espacial, hasta las horroríficas situaciones que se dan en un segundo plano y que pasan inadvertidas a la protagonista - como la destrucción de la estación espacial, la que ocurre en el más inquietante de los silencios debido al vacío del espacio -, todo esto se siente como una auténtica montaña rusa en donde las tensiones nunca se acaban. Cuando la Bullock logra resolver un problema, resulta inevitable que aparezca otro - tan grave y monumental como el anterior - razón por la cual debe improvisar nuevamente una serie de medidas desesperadas. En todo caso la protagonista es una víctima serial de la Ley de Murphy, en donde ninguno de los recursos de emergencia funcionan como corresponden, y lo cual la obliga a vencer sus propios terrores para tomar las decisiones adecuadas... muchas de las cuales no figuran en ningún manual y dependen enteramente de su inventiva.

En sí, Gravedad es un drama totalmente realista. No hay héroes de último momento ni situaciones milagrosas; el vacío espacial es un contexto letal y los humanos osan incursionar en él a través de naves de hojalata y cálculos científicos prendidos con saliva. En sí, Gravedad es la completa antítesis de Apollo 13; en el filme de Ron Howard uno se quedaba con la sensación de los astronautas eran especialistas y podían resolver las inclemencias espaciales a costa de ingenio - lo cual daba lugar a un drama de cabina demasiado estático -; por contra, aquí los astronautas no son más que atrevidos temerarios, individuos obligados a improvisar a cada momento y personajes que logran completar su misión por una circunstancia casi fortuita de poder esquivar los peligros del viaje. En ningún momento están en completo control de la situación; el espacio es un lugar letal, infestado de riesgos de los cuales apenas conocemos unos pocos.

Aquí no es necesario incluir monstruos ni extrañas amenazas espaciales, sino que basta aplicar un simple postulado de física: en el espacio y, por carencia de gravedad, los objetos pueden impulsarse hasta el infinito. En el filme lo que ocurre es el llamado sindrome Kessler, en donde una explosión en el espacio puede producir una avalancha de restos, los cuales producirán un efecto dominó tan devastador como duradero - al aniquilar todo a su paso, la avalancha se acrecienta y gana velocidad, arrasando cada vez más satélites y otros vehículos espaciales, y generando una oleada tan masiva y letal que impediría el uso del espacio durante décadas -. Ante semejante situación los humanos son insignificantes, piezas mínimas de una maquinaria descomunalmente superior que ha decidido salirse de madre, y en donde la única respuesta posible es el escape hacia un lugar seguro. Y mientras la protagonista comienza a descubrir el héroe interior que hay en ella - ése que lo lleva a seguir peleando por sobrevivir, y que le dice que hay una luz de esperanza al final de todo -, también emprende un proceso de reconciliación espiritual consigo misma. La doctora Stone ha perdido una hija y, desde ese entonces, se ha transformado en una autómata; pero ahora, sabiendo que éste puede ser el último día de su existencia, se ha dado cuenta que no quiere morir y que hay un millón de cosas que puede hacer con su vida de ahora en más. La crisis espacial es el cachetazo que saca la protagonista de su letargo emocional y la regresa al mundo de los humanos.

Gravedad es una formidable experiencia cinematográfica. Las emociones son constantes, los peligros no paran nunca, los momentos emotivos son entrañables. Mientras que George Clooney hace lo que mejor sabe hacer - robarse la película a fuerza de carisma -, sin dudas es el mejor trabajo actoral de la carrera de Sandra Bullock, un auténtico tour de force en donde pasa por todas las emociones. Ella es una científica retraída y algo torpe, la cual termina por transformarse en una leona aguerrida al final del camino. Como suele ocurrir en los momentos de crisis, tomamos (y asumimos) lo mejor de la personalidad de nuestros mentores, de aquellos que nos han aconsejado al momento de estallar la revuelta, y terminamos contagiándonos de su sabiduría y valentía. (alerta spoilers) En el fondo el proceso de la Bullock no es mas que la reencarnación del espíritu de George Clooney, un individuo paciente, inteligente y amigado con la vida, cuyas palabras terminan por hacer carne en la protagonista al final del viaje. Y, como suele ocurrir con los renacimientos, la Bullock resurge de las aguas como una persona nueva, habiendo sufrido un bautismo de fuego que le hizo dejar atrás todos sus antiguos sufrimientos y dándole una nueva razón de existencia. (fin de spoilers)

El argumento mínimo, las grandes actuaciones, la tensión, el manejo maestro de cámaras que hace Cuarón... todo ello convierte a Gravedad en un filme imperdible, una experiencia intensa, inteligente y memorable.