Graba

Crítica de David Obarrio - Cinemarama

Anclada en París

La película Graba resulta ser una auténtica curiosidad. Sergio Mazza, su director, fue capaz de llevarme del entusiasmo a la decepción con El amarillo y Gallero, su primera y segunda película respectivamente, y así lo escribí en su momento, en una nota en la que concluía preguntándome por el futuro de un cineasta que parecía prometer. Lo primero que habría que decir de Graba es que está lejos de la frescura y la libertad de El amarillo. Afortunadamente, sin embargo, Mazza se cuida bien de no caer en la sordidez esquemática y al mismo tiempo lustrosa de Gallero, donde todo lucía como el producto del cálculo y la habilidad creciente de un cineasta que siente quizá que está dando un salto cualitativo con un objeto brillante y anodino, dotado con las dosis justas de perfección técnica y color local para arropar un tema que pretende ser de alcance universal.

Filmada en su totalidad en París, con una actriz argentina en medio de un elenco francés, Graba consigue en verdad una inesperada nobleza en el modo casi furibundo con el que aprovecha a su intérprete -una extraordinaria Belén Blanco- a la que sigue, solitaria y siempre a un paso de convertirse en lumpen, por las calles de la capital francesa. Massa no se priva de registrarla en desnudos completos, dejándose fotografiar para poder así pagar su alojamiento en una ciudad que parece rechazarla de forma progresiva en cada escena, o teniendo sexo con el fotógrafo, que no se sabe si se convierte en su novio o en su abusador.

Graba tiene un tono triste de exilio y de tragedia anímica que de a ratos parece un poco formateado y le imprime cierto halo un tanto molesto de película apta para la circulación internacional que se ve mucho en los festivales de cine. El tema del aborto, además, que ingresa de manera subrepticia en la trama, produce un punto de flojera en la película, un gesto que se ejerce sin convicción, casi como un automatismo para dotar la historia con un conveniente trauma melodramático acorde a su ambición. La sorprendente fuerza de Graba reside de modo definitivo en la fiereza infrecuente de la relación de extrema cercanía que entabla con su actriz, filmada como si fuera una diva, solo que desarrapada y golpeada por la suerte, y sobre cuyo cuerpo frágil se asienta, siempre mediado por la corrección francesa, todo el peso de un entorno que se revela inapelablemente hostil y termina pegando de modo genuino en los ojos del espectador.