Godzilla

Crítica de Diego Brodersen - Página 12

El viejo monstruo merecía más que esto

Este nuevo intento por adaptar a la idiosincrásica criatura y condimentarla con elementos algo más apetecibles para el paladar norteamericano resulta narrativamente torpe, con un componente humano chato, desabrido y atado a las convenciones.

Gojira fue primero la gran estrella del cine nipón del año 1954 y, más tarde –rebautizado como Godzilla para las pantallas internacionales–, ciudadano del mundo. Implacable en su violencia hacia los seres y cosas que lo rodeaban, transformada luego en la buenaza de la película, finalmente convertida en mascota, la creación de Ishiro Honda y Eiji Tsuburaya se transformó en un éxito de público tan gigantesco como su estrella, fundando un género conocido como kaiju eiga (kaiju quiere decir “monstruo gigante”). Consecuencia de ello, la de Gojira resultó una de las franquicias más extensas en la historia del cine japonés, con veintipico de secuelas oficiales.

La nueva Godzilla es el segundo intento occidental –luego del film de Roland Emmerich estrenado en 1998– por adaptar a la idiosincrásica criatura y condimentarla con elementos algo más apetecibles para el paladar norteamericano y, por ende, mundial. Se trata de un film narrativamente torpe, que a lo largo de dos horas intenta entrecruzar su parafernalia de efectos digitales a gran escala con un par de líneas dramáticas que tienen como eje inevitable a los miembros de una típica familia hollywoodense de clase media. El joven protagonista, un soldado idealista, bondadoso y corajudo llamado Ford Brody (Aaron Taylor-Johnson), debe viajar a Japón de urgencia, algo avergonzado por las actividades de su padre (Bryan Cranston), un ex ingeniero nuclear que acaba de ser arrestado por meterse en propiedad privada ajena.

Las razones de la intrusión son explicadas en el prólogo: quince años antes, un horrible accidente destruyó la central nuclear donde trabajaba Brody Sr, matando entre muchas otras personas a su propia madre (Juliette Binoche, en un papel tan breve que podría catalogarse de cameo). ¿Terremoto? ¿Accidente humano? ¿Omnipotencia en el uso de la energía nuclear? La causa no tardará en descubrirse, bajo la forma de tres monstruos que podrían acabar con el mundo según lo conocemos: el propio Godzilla y dos bichos llamados genéricamente como M.U.T.O.s. (siglas en inglés de Organismo Terrestre Masivo no Identificado).

Las comparaciones son odiosas, es cierto, pero si algo sostiene a la Gojira original luego de sesenta años (sin ser, nobleza obliga, ninguna obra maestra) es su componente de angustia y dolor por la pérdida de vidas, su calidad de metáfora capaz de aglutinar ansiedades y neurosis ante el peligro nuclear: Hiroshima y Nagasaki estaban ahí, muy cerca en el tiempo, como recuerdo imborrable del horror. Esta Godzilla 2014 –segundo largometraje del británico Gareth Edwards– intenta, sin demasiado éxito, convocar el recuerdo del reciente tsunami que destruyó gran parte de la zona costera de Tohoku y el desastre de la central de Fukushima, así como también el atentado a las Torres Gemelas neoyorquinas, en dos breves escenas que aspiran a superar –CGI mediante– el espectáculo de destrucción y muerte real captado por las cámaras amateurs.

Pero ningún momento del film de Edwards logra la emotividad de esos planos de hospitales repletos de madres separadas de sus hijos, ni Taylor-Johnson es capaz de transmitir la pesadumbre de Takashi Shimura en el film de Honda. Hay en Godzilla, es cierto, algunas escenas que logran generar asombro ante el prodigio de los efectos especiales e incluso algo de belleza visual, como en la secuencia de los paracaidistas. Pero el componente humano es tan chato y desabrido, tan pobre y burdo, tan atado a las convenciones y descuidado en la construcción de la verosimilitud narrativa, que anula en gran medida el trabajo de diseño y la espectacularidad de las imágenes. El viejo Godzilla –que, fiel a su costumbre, de encarnación del Apocalipsis pasa a ser el salvador de la humanidad– se merecía bastante más que esto.