Gilda

Crítica de Jorge Luis Fernández - Revista Veintitrés

Inevitablemente, una película sobre Gilda debía ser, ante todo, triste. La directora Lorena Muñoz y el equipo de producción de Axel Kuschevatzky (Telefé) hicieron todo lo posible para que el biopic luzca tan lluvioso y fatídico como aquella noche de 1996, durante el accidente mortal. Su visión fue buena. Contrataron a Natalia Oreiro, aún pizpireta y probada cantante, en lo que posiblemente sea el rol de su carrera; las escenas de escenario son particularmente logradas; contrataron a Daniel Melingo en el rol del padre muerto; y ponen a la música a la par del estatus de santuario de Gilda. Hay tres momentos clave del film: el ensayo de la aún maestra de escuela con una banda de cumbia. Allí, gracias a la inmejorable simbiosis de Oreiro, se muestra el carisma avasallador de la cantante, su dulce voz y que es cualquier vecina de enfrente ingresando a otra órbita. El segundo es uno de sus primeros shows en una bailanta; allí, esas raras cualidades son percibidas y enloquecen a un público acostumbrado a hombres pantera y pechos desmesurados. ¿Qué hizo a Gilda tan venerada al tiempo que reconocida por casi todos? Probablemente, su extracción de clase media y la conciencia de su tristeza. Pero en el tercer momento clave se evidencia el secreto: Gilda ensaya en una guitarra criolla los primeros versos del que será uno de sus hits: traslada secuencias de acordes de canción a ritmo de cumbia. Gran parte del film luego se desenvuelve en el drama pasional, la indecisión entre abandonar a su marido y seguir a su descubridor. Aun estas partes, típicas de un novelón marca Telefé, no carecen de acertado dramatismo pasional. Favio hubiera hecho un gran biopic de Gilda, y Muñoz parece no haber sido ajena a esa impresión: en los decorados, en el costumbrismo dilatado, en el sino fatal hay huellas del director de Juan Moreira. En esa buena lectura de lo que convirtió en santa popular a una chica de barrio yace lo fundamental del film.