Florence

Crítica de Iván Steinhardt - El rincón del cinéfilo

Impecable realización de un director sensible, con una actriz de otra galaxia

En el cine hay papeles que están hechos a medida, pero también hay personajes construidos para un determinado intérprete. Pese a haber visto y aplaudido “Marguerite” (Xavier Giannoli, 2015), cuyo argumento se basaba precisamente en la historia de Florence Jenkins, esta historia biográfica sobre una mujer de la alta sociedad que tenía una voz horrible y era protegida del “qué dirán” por su marido, vuelve a cobrar vida de la mano de Stephen Frears y de la única actriz de habla inglesa que la podría haber interpretado: Meryl Streep.
“Florence: La “mejor” peor de todas”, al igual que su antecesora, es una historia sobre la hipocresía. La estrenada el año pasado utilizaba mejor ésta temática que en éste caso porque el director inglés elige correr el eje hacia la relación entre la protagonista y su marido, interpretado muy bien por Hugo Grant. Esos momentos entre ellos dos trazan preciosos instantes sobre una pareja que se sostiene por lo incondicional de uno hacia el otro, pero tiene grietas que ya no se pueden arreglar. Por eso, él tiene una amante, y ella, una clara determinación para salir del círculo cerrado y construido para evitar la exposición pública, en los cuales la sociedad tenía actitudes incriminatorias para con cualquiera que quedase expuesto al escándalo.
El trabajo de Meryl Streep está ya en otra galaxia. Su forma de hablar, de caminar, de reírse, la transformación que logra entre uno y otro, el detalle y la minuciosidad con la cual se ocupa de sus criaturas, la convierte en una de las más grandes de todos los tiempos, sino en la más. Pero esto se puede lograr también por la estupenda dirección de actores de Stephen Frears, un hombre que siempre logra grandes actuaciones en sus películas, recordemos sino “Relaciones peligrosas” (1988) o “Héroe accidental” (1991). “Florence: La “mejor” peor de todas” no es la excepción, porque además de la actriz, hay estupendos trabajos de Hugo Grant, Rebecca Ferguson y Simon Helberg, todos dosificados y equilibrados para que los buenos registros no se escapen del cuento que quiere ser contado.
La historia tiene el mismo disparador: La mejor-peor cantante de la historia quiere cantar en el Carnegie Hall, frente a una audiencia masiva y desconocida, provocando un descalabro en el circo armado alrededor de una pretendida admiración por su inexistente talento. El director cuida mucho todos los detalles pero en especial, el de entender que esta comedia funciona siempre, y cuando su forma no sea la de burlarse del personaje central, sino de entenderlo, comprenderlo, compadecerlo incluso, y dejar que lo insólito de la situación sea el generador de los gags.