Éxodo: la última marea

Crítica de Cristian A. Mangini - Funcinema

NUEVAS TIERRAS, VIEJOS VICIOS

Hay que mencionar algo de Exodo: la última marea, segundo film del suizo Tim Fehlbaum, y es la efectividad para contar su relato. Entre films de ciencia ficción que apuestan a relatos crípticos que terminan siendo confusos o narraciones barrocas que resultan insustanciales, el estreno de esta semana logra destacarse por su capacidad para generar climas y absorber al espectador en la historia que propone, dándose su tiempo para sumergirnos en la acción. A pesar de algunas secuencias confusas y resoluciones forzadas, Fehlbaum logra desplegar un mundo amenazante y acompaña a su protagonista a través de la epopeya que nos hace parte.

Hablamos de efectividad y de eso se tratan los primeros minutos del film: la introducción presenta la historia con contundencia, sin dar lugar a ambigüedades. La serie de datos nos da un marco al cual aferrarnos entre el vértigo del aterrizaje del Ulysses 2, sin atropellarnos con un caudal de información inútil. De esta, forma sabemos en unos pocos minutos que la tripulación que vemos proviene de Kepler 209 y el lugar a que llegan es nuestro planeta. El pequeño grupo está en una misión de retorno luego de cientos de años, tras un colapso producido por pandemias, guerras y contaminación, esperando encontrar allí condiciones para la vida. Además, la tripulación del Ulysses 2 debe buscar información sobre lo que sucedió con el primer Ulysses, enviado unos años antes. Lejos de resultar un aterrizaje ideal, el impacto deja heridos a Tucker (Sope Dirisu) y Louise (Nora Arnezeder) y se lleva la vida de la comandante del equipo. Es una introducción que pisa el acelerador para luego dar aire y sumergirnos en lo más interesante, la construcción de ese clima de extrañamiento ante lo desconocido.

Cada rincón del film derrama humedad por sus poros, como si el director quisiera emular la lluvia virulenta del cuento La larga lluvia de Ray Bradbury y los acuosos escenarios del malogrado film (¿clasico?) Waterworld. El agua se escurre en la narración para mostrar un planeta rebosante de vida que Louise ira reconociendo y es aquí donde Fehlbaum tiñe de cian y gris un panorama extraño. Exodo es sin duda un film que gana cuando dice lo menos posible y nos pierde en planos generales que transmiten las sensaciones de la protagonista. El extrañamiento provocado en estos primeros momentos se corta violentamente por una confrontación inesperada y la revelación de que allí hay humanos, aunque no puedan comprenderlos. Aún peor, estos humanos no parecen querer comprenderlos. Es un choque violento que da algunos giros sorpresivos y nos adentra en una segunda parte del film un tanto más chata y cerrada, como su locación en un viejo barco abandonado. Sin dar detalles de la trama, el relato adquiere un tono filosófico ya recorrido en numerosas obras canónicas de ciencia ficción y Exodo no aporta grandes novedades, cayendo incluso en algunos clichés, en particular en la construcción de la heroína.

Indudablemente el fuerte del film de Fehlbaum reside en la construcción de climas y un tono contemplativo que se va desenvolviendo poco a poco con los personajes. Cuando se apresura e intenta contar una película de acción se pierde entre secuencias fallidas y personajes apenas esbozados, a pesar de contar con una asfixiante secuencia en la niebla y no perder nunca de vista a Louise, el corazón del film. Exodo es una sorpresa que abraza su costado de cine serie B catástrofe, pero también su costado solemne de ciencia ficción con algunas búsquedas interesantes, dando lugar a un film que atrapa por su rareza entre el abultado catálogo de películas fallidas por su carencia de identidad. A Exodo eso le sobra, para bien o para mal.