Elysium

Crítica de Ulises Picoli - Función Agotada

El cielo prometido.

Elysium arranca con un grosero flashback de dos niños, Frey (Alice Braga) y Max (Matt Damon), conociéndose en un orfanato. A través de la visión estandarizada del recuerdo (con el brillo de sol en un sepia incluido) se vaticina lo peor. Luego el presente cae como una roca. Un tatuado y sudado Max sale a trabajar, los amigos reos del barrio lo verduguean y la policía (robot) lo maltrata. El vive en medio de una villa miseria (que se da a entender es el mundo entero) que podría estar en cualquier lugar del tercer mundo. El director Neill Blomkamp nos llena de polvo y una desesperación que inunda los ojos. Ese es uno de los méritos de su cine, la evidencia de trabajar sobre el terreno, sus distopías parecen tan cercanas que uno se sube al futuro como una pequeña extensión del presente. Estos dos momentos iniciales del film son el péndulo que se cierne sobre el director de origen sudafricano, seguro de lo que desea mostrar pero con recursos visuales y narrativos por momentos, bastante burdos.

Nuestro héroe trabaja en la fábrica de robots que domina el mercado, un lugar y una realidad donde los empleados son carne de cañón. Un “accidente” con radiación lo deja al borde la muerte, de ahí en más, Elysium, es una urgencia para salvar su vida. En ese cielo prometido (maqueteado como una vida de country espacial) existen unas máquinas sanadoras de cualquier mal que aqueje al ser humano. Su salvación, Elysium. Para eso recurre a un antiguo amigo, el traficante apodado Spider (Wagner Moura), quién parece ser el único que logra meter gente de contrabando (con mucha más pena que gloria). Para pagar su pasaje le encargan la misión de secuestrar a un ciudadano rico (de los que bajan del Space Country) y justo el que Max elije es el que está metido en el sistema de seguridad de Elysium, el dueño de la fabrica de robots (interpretado por William Fichtner). Max roba información vital para la Secretaria de Seguridad Delacourt (una Jodie Foster republicana) y para atrapar a Max le encargan la tarea a un sádico ex soldado llamado Kruger (Sharlto Copley, protagonista de Sector 9, anterior film del director), que logra, a pesar de algunos excesos, una acertada virulencia como perro de presa.

Una de las temáticas del director parece ser la transformación del cuerpo. Aquí la destrucción de la carne y la invasión mecánica en el hombre son un exoesqueleto en Damon, las explosiones impiadosas (y gratamente expuestas) y las camas reparadoras son elementos para los cambios que sufren los personajes. La determinación de Blomkamp en exponer con crudeza las imágenes se agradece, no escatima en dibujar ese mundo cruel con la misma rigurosidad sobre la carne.

Lo interesante de la historia (a pesar de su obviedad) con la fijación en la diferencia social se va diluyendo a medida que satura la idea del Elysium “paraíso” y tierra “basurero”.

La contraposición extendida no permite la lectura filosa de la realidad, como si se montara todo a un tomógrafo curador y listo, igualdad social. Otra de las cuestiones es la arbitrariedad. Esto es algo que siempre está presente cuando se decide contar una historia, pero en este caso, puede llegar a molestar. Un lugar lleno de millonarios sin una defensa bélica, la exposición de los “elisianos” a los villeros con tanta soltura, la vinculación de los personajes para justificar los giros de la historia (¿se tenia que llevar Kruger a Frey?) y un mundo de personajes que parecieran resolvieran todo en el mismo barrio.

Frente al grato recuerdo del anterior film del director (Sector 9, 2009), Elysium pierde, su exposición ausente de sutileza funciona en las duras escenas de acción, pero convierte en torpe y redundante su visión social.