Elysium

Crítica de Juan Pablo Cinelli - Página 12

El futuro como una pesadilla social

Para su primer largo en Hollywood, el director de Sector 9 elige un futuro cercano para volver a poner en escena la lucha de clases. Aquí la frontera caliente que separa a México de los Estados Unidos reemplaza al apartheid como fondo metafórico.

Los Estados Unidos han sabido construir su propia leyenda, esa en la que se proclaman La Tierra de las Oportunidades. Hollywood es el mascarón de proa del sueño americano, la mejor encarnación de esa fantasía que representa (sobre todo para quienes no son estadounidenses) la posibilidad de que los cuentos de hadas sean reales y de que cualquiera pueda ser el protagonista. Son incontables los artistas –directores, actores, lo que sea– que llevan sus esperanzas al valle californiano para convertirse en estrellas, pero pocos los que lo logran, porque hay algo que el cuento omite: mejor no soñar ese sueño si no se tiene talento (o el dinero que lo supla). El sudafricano Neill Blomkamp es uno de los benditos que lograron alcanzar esa tierra prometida de productores y estudios millonarios. No es casual que Peter Jackson, otro que consiguió abordar el arca, haya sido productor de Sector 9, exitosa ópera prima de Blomkamp, donde una nave alienígena varada sobre Johannesburgo resultaba una oportuna referencia al apartheid. Elysium es su segundo largo y tiene muchos puntos de contacto con aquel debut de 2009. Ambos comparten no sólo un género, la ciencia- ficción, sino un dispositivo dramático compuesto por más o menos los mismos elementos. Si Sector 9 narraba en tiempo presente, Elysium elige un futuro no muy lejano que vuelve a poner en escena la lucha de clases, y en donde la frontera caliente que separa a México de los Estados Unidos reemplaza el apartheid como fondo metafórico.

El mundo se ha convertido en una enorme favela desbordada de pobres, enfermos y criminales que siguen siendo la mano de obra que sostiene a la casta que está por encima. Literalmente encima: los ricos han abandonado el planeta para mudarse a Elysium, una mega estación orbital donde continúan sus vidas perfectas. Se trata de un juego de doble encierro, el sueño de Micky Vainilla hecho realidad: un country en el espacio para ricos y un gueto para pobres que tiene el tamaño de la Tierra entera. El problema es el de siempre, que los pobres quieren acceder a los beneficios de pertenecer. Pero Blomkamp es inteligente: no pone a sus pobres a desear banalmente el lujo y la comodidad, sino que deja en primer plano algunas cuestiones bastante más primarias, como la salud. Aunque, se verá, esos mismos elementos derivarán en un final algo recargado de melodrama. Pero para qué adelantarse.

Max es uno de esos pobres que creció soñando con el ascenso social que esta vez coincide con un ascenso a los cielos –la metáfora religiosa forma parte de la receta y no debe descartarse–. Operario en una fábrica, Max recibe una descarga accidental de radiación que le deja sólo cinco días de vida y la única forma de salvarse es entrar ilegalmente a Elysium, meterse en una casa y curarse usando la unidad médica que todas familias tienen allá arriba. Como le ocurría a Wikus, protagonista de Sector 9, Max deberá buscar ayuda donde menos lo esperaba y como en aquella película, hay un mercenario que irá tras él. En ambos casos son intereses sociales y corporativos los que convierten a los dos personajes en presas de caza. La diferencia está dada por el punto de vista. Mientras Wikus era un funcionario pequeño burgués que debía buscar aliados entre los marginados para defenderse de la voracidad caníbal de su propia clase, Max es un lumpen cuyo destino lo forzará, no del todo contra su voluntad, a convertirse en subversivo. Y Matt Damon es el actor perfecto para ese papel, como lo demuestra la magnífica trilogía Bourne, donde el problema también era un sistema vicioso y corrupto. Más allá del final con regusto religioso, algo sensiblero y música al tono, Blomkamp demuestra que la ciencia-ficción, lejos de ser un instrumento para alabar la tecnocracia, siempre fue una eficaz herramienta crítica. Claro que eso no valdría nada si fracasara su mecanismo narrativo, pero Elysium es, antes que nada, una película capaz de imponer su relato a partir de legítimas virtudes cinematográficas.