El último hombre

Crítica de José Tripodero - A Sala Llena

Incongruencias

La relación de coproducción entre Argentina y Estados Unidos -aquí el caso de El último hombre es con Canadá pero el vínculo es de la misma naturaleza- se remonta a la época del Cine Clásico; desde Pampa salvaje (1967) de Hugo Fregonese, pasando por las producciones de Roger Corman con Héctor Olivera en los 80, hasta algunos ejemplos de cine de terror de bajo presupuesto a principios de la década del 2000. Incluso los casos inversos, los de las remakes anglosajonas de producciones nacionales, no han resultado efectivas. Pensemos en los últimos ejemplos como Criminal (versión de Nueve reinas) o El secreto de una obsesión (versión de El secreto de sus ojos). Casi todos esos esfuerzos de fraternidad entre cinematografías fueron incongruentes. Vamos a recorrer este valle particular de incongruencias en El último hombre.

1- La historia. Un veterano de una guerra (Hayden Christensen) que desconocemos sufre un trastorno de estrés postraumático, tiene una pesadilla en loop y su vida cotidiana circunda en una ciudad en ruinas, la cual parece sacada de una maqueta descartada de algún thriller cyberpunk noventoso. Hay un predicador llamado Noe (Harvey Keitel) que anticipa una tormenta eléctrica que acabará con todos aquellos que no se despojen de lo material y se entreguen a una vida new age en las montañas. Ambos personajes se cruzaran por necesidades mutuas. Luego del forjamiento de esta relación, el protagonista descubre (casi por arte de magia negra narrativa) que necesita dinero y consigue en tiempo record un empleo en una empresa de seguridad. Primera incongruencia. Hay más.

2- Las actuaciones. Si dividimos el elenco en duplas podemos percibir el desfajase de registro que hay entre por ejemplo Harvey Keitel (es cierto que está en modo automático, y más que de costumbre) y Fernán Mirás en una interpretación de “loco del pueblo” que podría objetarse incluso en una obra escolar. Por el contrario, el protagónico de Hayden Christensen nunca empalma con la gracia de Liz Solari, dispuesta a sacarle alguna emoción al otrora interprete de Dark Vader en su faceta iniciática. El resto del elenco argentino bordea la exageración, en especial Rafael Spregelburd en el papel de un guardaespaldas villano con acento porteño que provoca risas involuntarias en los diálogos con los actores anglosajones. Mención especial para Ivan Steinhardt y su spanglish que haría sonrojar a Luis Guzmán.

3- La fotografía y el diseño de arte. Solo hay una explicación para que todas las escenas de la película transcurran en una nocturnidad permanente, y es la de un apocalipsis que se aproxima. Si le sumamos los relámpagos y los truenos sacados de una góndola de efectos prefabricados (ojo con el paralelismo de una tormenta interna del protagonista con estos fenómenos meteorológicos) todo deriva en una luz tenue que no narra, que solo alumbra a los personajes y los sigue a medida que se mueven; una estrategia visual que bordea la teatralidad. La dirección de arte es un caos, no existe la ubicación de los espacios, no hay cohesión entre los suburbios de mala muerte y la empresa de seguridad que funciona como una oficina del microcentro porteño en 1998, todo pertenece a un registro rarísimo en comparación con el contexto presentado en el primer acto de la película. Inverosímil pleno.

4- Otras decisiones formales, como el uso de la voz en off: desde lo conceptual hay ciertos axiomas sobre la utilización de esta herramienta, que aparece mal empleada casi siempre a modo de explicación o de tapar huecos narrativos. Más allá de la berretada neo noir á la Blade Runner que se intenta imponer en El último hombre con una voz en off cansina y rasposa, el problema es aún más grave que los habituales en el cine porque parece ser la reproducción de una lectura sin un mínimo grado de interpretación de las palabras dichas.

5 – El director: Rodrigo H Vila dirigió documentales, hasta ahora. Desde una producción vendida como la película definitiva sobre Boca Juniors -que no era más que un recorte muy reciente de la historia del club- hasta un retrato sobre Mercedes Sosa, y en el medio algunas propuestas para TV sobre nazis, masones, Perón, etc. Su primera incursión en la narrativa ficcional resume el pastiche que es su filmografía, al menos en la dimensión temática. El último hombre quiere ser en casi dos horas una película de ciencia ficción, existencial, bélica y romántica, todos los géneros en simultáneo. Incongruencias.